En una nueva decisión cargada de revisionismo histórico y profunda hipocresía política, las autoridades de Alemania prohibieron la exhibición de símbolos soviéticos y rusos durante las conmemoraciones del 8 y 9 de mayo en Berlín, fechas que recuerdan la derrota total del nazifascismo y la capitulación del Tercer Reich ante los Aliados, especialmente frente al avance del Ejército Rojo.
La prohibición afecta directamente a las ceremonias realizadas en los memoriales soviéticos de Treptower Park, Tiergarten y Schönholzer Heide, donde descansan miles de soldados soviéticos caídos durante la liberación de Alemania del nazismo. Según la orden difundida por la policía berlinesa y citada por medios alemanes como Berliner Morgenpost, quedan vetadas las banderas de la URSS, de Rusia y Bielorrusia, así como cintas de San Jorge, insignias militares, símbolos “Z” y “V”, uniformes históricos e incluso la interpretación pública de canciones soviéticas de guerra.
La contradicción histórica es demoledora, el mismo Estado alemán responsable de la invasión nazi contra la Unión Soviética —una guerra de exterminio que costó la vida a cerca de 27 millones de soviéticos— hoy persigue los símbolos de quienes derrotaron al fascismo y tomaron Berlín en 1945.
El Tribunal Administrativo de Berlín ratificó además la legalidad de la medida argumentando supuestos riesgos para el “orden público” en el contexto de la guerra en Ucrania. La justicia alemana sostuvo que las banderas soviéticas y rusas podrían interpretarse como apoyo político a Moscú.
Sin embargo, organizaciones antifascistas, medios de izquierda y colectivos de memoria histórica denuncian que Alemania está avanzando hacia una peligrosa criminalización de la memoria soviética y una reinterpretación interesada de la Segunda Guerra Mundial. El diario junge Welt denunció incluso que la policía impidió distribuir ejemplares del periódico por llevar en portada una bandera de la URSS junto al titular “Hitler kaputt”.

La embajada rusa calificó las medidas de “discriminatorias” y “degradantes”, mientras la portavoz de la cancillería rusa, María Zajárova, acusó a Berlín de humillar la memoria de los soldados que liberaron Europa del nazismo.
Ochenta y un años después de la caída del Tercer Reich, Alemania parece dispuesta a tolerar la desmemoria antes que reconocer una verdad histórica incómoda para Occidente: fue la Unión Soviética quien pagó el precio más alto para destruir al nazismo y fue la bandera roja la que terminó ondeando sobre el Reichstag en ruinas.
















