El mandato de José Ballesta no se sostiene por una gestión ejemplar, sino por todo lo contrario: una ciudad que arrastra una deuda asfixiante, que la sitúa entre las más comprometidas financieramente, y una acumulación de problemas que ya ni siquiera se intentan disimular. Servicios públicos tensionados, barrios enteros relegados, una planificación urbana errática y una política de escaparate que prioriza titulares frente a soluciones reales. Murcia no avanza: sobrevive. Y lo hace hipotecando su futuro.
El papel del PSOE, por su parte, roza lo inaceptable. Lejos de liderar una alternativa sólida, ha optado por una oposición blanda, errática y prácticamente invisible. No incomoda al gobierno, no marca agenda y, lo que es peor, no ofrece una razón convincente para que alguien desencantado dé el paso de volver a las urnas. Su falta de ambición política no solo le perjudica a sí mismo: consolida el dominio de quien dice combatir.
Pero lo más preocupante no es solo la gestión, sino la facilidad con la que se perpetúa. Porque este gobierno no gana tanto como deja de perder. Y ahí entra en juego el verdadero motor de la continuidad: la abstención. Miles y miles de murcianos que podrían cambiar el signo del Ayuntamiento simplemente no votan. No participan. Se ausentan. Y esa ausencia no es neutra: es el combustible que mantiene intacto el statu quo.
En Murcia, la abstención no es un fenómeno marginal ni una anécdota sociológica. Es la pieza central del tablero político. Cada persona que decide no acudir a las urnas está, en la práctica, reforzando al poder establecido.
No hay que darle más vueltas: si una parte significativa de ese electorado invisible decidiera votar, el resultado electoral podría cambiar de forma drástica. Pero no ocurre, y esa inacción colectiva tiene consecuencias muy concretas.
Frente a este panorama, la confluencia de las izquierdas se presenta como una solución que, en realidad, es solo un parche. Sí, es necesaria para evitar la dispersión del voto, pero es profundamente insuficiente si no va acompañada de algo mucho más difícil: credibilidad y capacidad de movilización.
Unir siglas sin generar ilusión ni confianza es un ejercicio vacío. No basta con sumar partidos; hay que convencer a quienes hoy ni siquiera se plantean votar.
El resultado es un círculo vicioso perfecto: mala gestión, oposición débil y ciudadanía desmovilizada. Y en ese triángulo, siempre gana el mismo. Mientras tanto, Murcia sigue acumulando deuda, problemas y oportunidades perdidas.
Aquí no basta con pedir unidad ni con señalar al adversario. La cuestión de fondo es mucho más incómoda: sin una sacudida real que rompa la apatía electoral, cualquier intento de cambio será una ilusión. Porque en Murcia, más que en ningún otro sitio, el poder no está en quien vota, sino en quien decide no hacerlo. Y mientras eso no cambie, tampoco cambiará el gobierno.
La abstención no es apatía sin más; es también el síntoma de una política que no logra interpelar. Pero también es una decisión con efectos tangibles. Mientras miles de personas sigan al margen, el cambio será matemáticamente improbable, por mucha confluencia que se construya en los despachos.
Murcia no está condenada a repetir sus gobiernos, pero sí a repetir sus patrones si nada cambia en la participación. La pregunta ya no es solo qué proyecto puede ganar, sino quién será capaz de sacar de la abstención a ese electorado invisible que, sin hacer ruido, decide elecciones. Porque en esta ciudad, más que en muchas otras, el poder no está solo en los votos que se emiten, sino en los que nunca llegan a depositarse.
















