
Las calles de Los Garres aún huelen a humo reciente. Y hoy han vuelto a llenarse, pero no de llamas, sino de voces. Bomberos forestales, vecinos y vecinas han recorrido la zona afectada por el incendio del pasado 2 de junio, que arrasó 177 hectáreas de monte y obligó a activar todos los recursos de emergencia ante el riesgo real de que el fuego alcanzara viviendas.
La manifestación, convocada por CCOO, SITRAS y USO, ha sido algo más que una protesta: ha sido un ajuste de cuentas con años de advertencias ignoradas.
“ESTO NO ES EXCEPCIONAL, ES NUESTRA RUTINA”
El incendio de Los Garres volvió a poner sobre la mesa lo que el colectivo repite desde hace años: el sistema de extinción y prevención trabaja al límite, sostenido más por la entrega de sus trabajadores que por una estructura sólida.
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En medio de una ola de calor sofocante, el fuego avanzó con una velocidad que dejó imágenes de angustia entre los vecinos: humo espeso, visibilidad reducida, evacuaciones preventivas y la sensación de que el monte podía entrar en el casco urbano en cuestión de minutos.
“Lo que aquí se vivió en unas horas, nosotros lo vivimos campaña tras campaña”, resumían varios de los bomberos forestales durante la marcha.
UN MANIFIESTO LEÍDO SOBRE LA TIERRA QUEMADA
La escena más significativa del acto se vivió cuando se dio lectura al manifiesto del colectivo de bomberos y bomberas forestales, en el propio entorno afectado por las llamas.
La lectura corrió a cargo de Juan Pedro Cornejo, presidente del comité de empresa y delegado de personal por CCOO, quien habló en nombre del colectivo “desde la tierra quemada de Los Garres”.
Con un tono directo y sin concesiones, Cornejo recordó que el incendio del 2 de junio no es un hecho aislado, sino el tercer gran fuego del año en la Región de Murcia, y advirtió de que la emergencia climática ya no es una amenaza futura, sino una realidad presente.
El manifiesto repasó el papel del colectivo en emergencias de todo tipo —desde incendios forestales dentro y fuera de la región hasta inundaciones, nevadas y catástrofes como Lorca o el temporal Filomena— para denunciar después el contraste entre esa exposición constante al riesgo y unas condiciones laborales que apenas han cambiado en más de una década.
SUELDOS BAJOS, TURNOS IMPOSIBLES Y UN TRABAJO SIN RESPIRACIÓN
Los bomberos forestales denuncian una situación que describen como límite:
- salarios que apenas alcanzan los 1.275 euros mensuales
- compensaciones por peligrosidad que consideran “insuficientes y simbólicas”
- cuadrantes cambiantes que impiden conciliar la vida familiar
- falta de descansos garantizados en plena emergencia
- y carencias en la organización de turnos y coordinación aérea
El colectivo insiste en que no se trata de trabajar menos, sino de poder trabajar con seguridad, previsión y dignidad.
PREVENIR EN INVIERNO PARA NO LAMENTAR EN VERANO
Otra de las reivindicaciones centrales ha sido la prevención forestal. Los profesionales insisten en que el monte “no se apaga en verano, se cuida en invierno”, y reclaman que las tareas de limpieza, mantenimiento y gestión del combustible vegetal no se abandonen fuera de la temporada de incendios.
Para el colectivo, el incendio de Los Garres es también el resultado de una política de prevención insuficiente que termina trasladando todo el peso al momento en que el fuego ya está activo.
UNA PROTESTA QUE APUNTA AL MODELO
La marcha ha dejado una imagen clara en Los Garres: la distancia entre el reconocimiento social y la realidad laboral del servicio es cada vez más difícil de sostener. “Nos aplauden cuando todo arde, pero luego nos olvidan cuando se apaga”, resumían algunos participantes al final del recorrido.
Hoy, en Los Garres, no había llamas. Pero sí una advertencia que vuelve a repetirse con fuerza: si nada cambia, el próximo incendio no solo será un problema del monte. Será un problema del sistema.















