Seis años después de la muerte de Julio Anguita, su figura continúa proyectándose sobre la izquierda española como una referencia política difícil de sustituir. En un tiempo marcado por el rearme europeo, las guerras imperialistas de la OTAN y sus aliados, la precarización de la vida y la subordinación de la política a los grandes intereses financieros, el legado del histórico dirigente comunista vuelve a ganar fuerza entre quienes siguen viendo la política como una herramienta de transformación y no como una simple gestión del sistema.
El Partido Comunista de España ha recordado este aniversario con un vídeo difundido en redes sociales reivindicando la actualidad del pensamiento de quien fue secretario general del PCE entre 1988 y 1998 y coordinador general de Izquierda Unida desde 1989 hasta el año 2000, recuperando dos de las frases que marcaron su trayectoria política: el conocido “programa, programa, programa”, convertido en símbolo de una política basada en propuestas y principios, y también su histórica condena de la guerra resumida en el ya emblemático “malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”.
Anguita fue una pieza central en la construcción de Izquierda Unida, nacida en 1986 como respuesta política y social a la entrada de España en la OTAN y a la deriva neoliberal del PSOE de Felipe González. Aquella apuesta buscaba articular una izquierda de ruptura capaz de representar a trabajadores, movimientos sociales y sectores populares frente al consenso bipartidista surgido tras la Transición.
Bajo su dirección, IU alcanzó sus mejores resultados electorales. En las elecciones generales de 1993 superó los dos millones de votos y en 1996 logró más del 10% de los sufragios y 21 diputados, convirtiéndose en la tercera fuerza parlamentaria del Estado.
Aquella etapa estuvo marcada por la llamada teoría de “las dos orillas”, con la que Anguita defendía que PP y PSOE representaban dos expresiones distintas de un mismo modelo económico al servicio de las élites financieras y empresariales.
Frente a una izquierda institucional cada vez más integrada en las dinámicas del poder, Anguita insistió durante años en la necesidad de construir conciencia política y organización popular. Su famoso “programa, programa, programa” no era un eslogan vacío, sino una impugnación frontal de la política convertida en espectáculo mediático y marketing electoral.
También fue una de las voces más firmes contra la OTAN y las guerras impulsadas por Estados Unidos y sus aliados. Esa posición adquirió una dimensión profundamente humana y política en 2003, cuando su hijo, el periodista Julio Anguita Parrado, murió en Irak mientras cubría la invasión estadounidense como corresponsal de guerra.
Aquel golpe personal terminó convirtiéndose también en uno de los símbolos más desgarradores de su compromiso pacifista y antiimperialista.
Fallecido el 16 de mayo de 2020 en Córdoba a los 78 años, Anguita dejó tras de sí mucho más que una trayectoria institucional. Para amplios sectores de la izquierda obrera y popular, representó la honestidad política en un sistema cada vez más dominado por la corrupción, el cinismo y la sumisión a los mercados.
En plena escalada militar internacional y mientras se multiplican las llamadas al aumento del gasto en defensa al mismo tiempo que se deterioran la sanidad, la educación y las condiciones materiales de la mayoría social, la figura de Julio Anguita vuelve a aparecer como recordatorio incómodo de una izquierda que habló de clase, de soberanía popular y de poder económico cuando hacerlo suponía enfrentarse al consenso dominante.
Porque seis años después, buena parte de la vigencia de Anguita reside precisamente en eso: en haber señalado antes que muchos que detrás de las guerras, de los recortes y de la precariedad no había errores aislados, sino un sistema económico dispuesto a sacrificar derechos y vidas para garantizar los beneficios de una minoría.
















