José Ballesta ha muerto dejando tras de sí una ciudad más desigual, más precarizada y más resignada a la pobreza de lo que estaba cuando llegó al poder. Durante años cultivó la imagen de alcalde culto, educado, institucional, el político que hablaba de patrimonio, de historia y de orgullo murciano mientras la realidad social de Murcia se degradaba lentamente bajo sus mandatos. Esa fue quizá su mayor habilidad política: convertir la estética en coartada y la retórica cultural en cortina de humo.
Murcia aprendió con Ballesta a maquillarse mientras se pudría por dentro.
Fue médico, catedrático, rector universitario y dirigente histórico del Partido Popular. Pocas figuras han encarnado tan bien la continuidad del poder conservador murciano. Representaba una derecha aparentemente moderada,de voz tranquila y maneras ceremoniosas, pero profundamente eficaz en la preservación de un modelo económico y social que condenó a generaciones enteras a vivir entre la precariedad, los salarios bajos y la ausencia deexpectativas.
Ballesta no necesitó la agresividad verbal de otros dirigentes ultras para aplicar una política profundamente conservadora. Nunca hizo falta gritar. Bastaba con gobernar mirando hacia otro lado mientras crecían la desigualdad, la pobreza infantil y el abandono de los barrios más vulnerables.
Porque mientras el Ayuntamiento inauguraba plazas, paseos, eventos culturales y campañas turísticas, Murcia seguía apareciendo en informes sociales como uno de los territorios con peores indicadores de pobreza infantil del país. Ese debería ser el dato que persiga cualquier balance político serio sobre su legado.
No importa cuántas losas nuevas se colocaran en el centro histórico.
No importa cuántas fotografías institucionales se hicieran junto al río.
No importa cuántos discursos grandilocuentes pronunciara sobre la identidad murciana.
La realidad seguía siendo la misma: miles de niños creciendo en hogares donde el futuro era una amenaza y no una promesa.
Ese fracaso no fue accidental. Fue político.
Ballesta gobernó Murcia como si la pobreza fuese un elemento inevitable del paisaje urbano, una incomodidad estadística que debía permanecer fuera de cámara mientras se vendía una ciudad moderna, luminosa y turística. Bajo su mandato, el centro de Murcia se convirtió en escaparate mientras las pedanías y muchos barrios acumulaban años de abandono, infraestructuras deficientes y servicios insuficientes.
Su modelo de ciudad fue profundamente desigual. Una Murcia pensada para la fotografía institucional y para el consumo urbano, no para reducir las fracturas sociales.
La gran obra política de Ballesta no fue construir una ciudad más justa, sino construir un relato suficientemente elegante para que parte de la sociedad olvidara que la injusticia seguía intacta.Y durante mucho tiempo le funcionó.
Su tono moderado le permitió escapar del desgaste que habría destruido aotros dirigentes. Mientras otros agitaban discursos agresivos, Ballesta ofrecíasolemnidad académica, referencias culturales y una imagen de administradorsensato. Pero la educación estética de un político no elimina las consecuenciasde sus políticas.
La Murcia real seguía atrapada en problemas estructurales: precariedad laboral,dependencia económica, deterioro de servicios públicos, barrios cronificados enla exclusión y una sensación creciente de que la prosperidad solo existía en lascampañas institucionales.
Ballesta gobernó una ciudad donde demasiada gente aprendió a sobrevivir mientras el Ayuntamiento hablaba de excelencia urbana.Su legado urbanístico será celebrado por empresarios, sectores turísticos y buena parte de las élites locales. Seguramente se escribirán elogios sobre las peatonalizaciones, la recuperación patrimonial y la transformación estética del centro. Pero la historia política de una ciudad no puede escribirse solo desde las aceras pulidas del casco histórico.
También debe escribirse desde las colas de ayuda social, desde las aulas donde la pobreza condiciona el aprendizaje, desde las familias que jamás notaron esa prosperidad oficial de la que tanto presumían las instituciones.
Ahí es donde el legado de Ballesta se vuelve devastador. Porque después de años de poder, Murcia no fue una ciudad más cohesionada ni más justa. Fue una ciudad más maquillada.
El gran triunfo político de José Ballesta consistió en convertir la desigualdad en costumbre. Naturalizarla.Volverla invisible. Hacer que una parte de la ciudadanía aceptara como normal vivir en una región donde la pobreza infantil crecía mientras las administraciones celebraban congresos, festivales y remodelaciones urbanas.
Ese es el epitafio incómodo de su carrera.No el alcalde de la Murcia próspera.
No el gestor brillante que describirán sus aduladores.
Sino el dirigente que gobernó durante años una ciudad incapaz de rescatar asus propios niños de la pobreza.
Y ninguna campaña institucional, ningún acto solemne y ninguna plazarenovada podrán ocultar jamás esa derrota moral.
















