En Murcia hay una realidad incómoda que rara vez se dice en voz alta: las elecciones no las decide la mayoría, las decide una minoría movilizada. En 2023, más del 33% de la población no votó. Uno de cada tres murcianos quedó fuera. Y aun así, se volvió a hablar de mayorías sólidas, de mandatos claros, de una ciudad que supuestamente ha elegido su rumbo sin dudas. Pero no es verdad.
Lo que hay es un sistema que funciona con una participación incompleta. Y cuando la participación es incompleta, el resultado también lo es.
El Partido Popular y la agrupación de formaciones de extrema derecha ultranacionalistas y neonazis Vox suman más del 60% del voto emitido. Pero ese dato oculta otro más importante: ese bloque no representa a la mayoría de la población, sino a la mayoría de quienes sí votan. Y hay una diferencia decisiva entre ambas cosas.
Si uno se aleja del centro institucional y mira hacia los barrios con mayores dificultades, la distancia con la política se hace evidente. Son barrios donde la abstención se incrementa en proporciones y es allí donde el paro es más alto, donde la precariedad es norma y el acceso a la vivienda se convierte en una carrera imposible. Es también donde menos se vota, y no es casualidad.
Los datos oficiales del Ayuntamiento por barrios y pedanías existen, pero no siempre se publican resumidos en prensa; hemos de investigar los resultados en bruto en el portal municipal .
A partir de esos datos y estudios locales (participación electoral en zonas vulnerables en España), se observa un patrón consistente: los barrios vulnerables son, La Paz, Espíritu Santo (Espinardo), La Fama y zonas periféricas con menor renta como Santiago el Mayor y Barrio del Progreso.
En estos barrios el patrón es claro: la participación suele bajar a 50% – 60% y la abstención suele subir a 40% – 50%
Los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) muestran que la abstención crece entre quienes tienen menos recursos, menos estabilidad y menos confianza en las instituciones. Es una retirada silenciosa, pero constante. Y esa retirada tiene consecuencias: cuanto menos participan quienes más necesitan cambios, más fácil es que todo siga igual.
En la ciudad de Murcia la desigualdad es estructural. La Región de Murcia aparece de forma recurrente en los informes de Cáritas y EAPN como uno de los territorios con mayores niveles de riesgo de pobreza y exclusión social en España.
La pobreza infantil supera la media nacional y el desempleo, especialmente juvenil, sigue siendo elevado. La precariedad laboral es persistente, lo que conlleva realidades de estrés psicológico que generan situaciones extremas. No se trata de una percepción ideológica. Son datos.
Y, sin embargo, la respuesta política dominante ha sido insuficiente para revertir esta situación.
Las políticas impulsadas por el Partido Popular han sido criticadas por su impacto en servicios públicos y por una intervención limitada en cuestiones clave como la vivienda. En paralelo, Vox ha introducido en el debate posiciones que cuestionan avances sociales consolidados, situándose en la extrema derecha del espectro político.
El resultado es una combinación que no corrige desigualdades: las consolida.
Pero el 33% que puede cambiarlo todo. Hay un dato que lo resume así: si solo la mitad de quienes hoy no votan decidiera hacerlo, Murcia dejaría de ser políticamente predecible. No es una consigna. Es una consecuencia matemática.
Pero para que eso ocurra, hace falta algo más que repetir mensajes conocidos. Hace falta entender por qué ese 33% no participa. No se trata de desinterés ni de ignorancia: es una mezcla de desconfianza, cansancio y falta de expectativas. La gente no vota porque no cree que sirva. Y mientras eso no cambie, nada cambia.
La batalla real no está en el centro, está en la abstención.
Durante años, la política ha centrado sus esfuerzos en disputar el voto ya existente. Pero en ciudades como Murcia, la clave no está ahí. La clave está en quienes no votan: en los jóvenes que no ven futuro claro, en los trabajadores que encadenan precariedad, en quienes sienten que nadie habla de sus problemas reales.
Ahí es donde se decide el futuro político de la ciudad, no en los debates televisivos, ni en los discursos institucionales. Sino en la capacidad de activar a quienes hoy están fuera.
No es imposible. Pero tampoco automático. Pensar que el cambio llegará por sí solo es tan erróneo como sentir que es imposible. Para que ocurra, tienen que pasar hechos concretos. En primer lugar que aumente la participación, y para ello quienes hoy no votan han de encontrar motivos para hacerlo. El resultado final dependerá de que los vecinos y vecinas desencantados perciban que el resultado puede ser diferente.
Sin eso, la inercia se mantiene. Pero al conseguir esos objetivos, de la mano de una coalición de izquierdas, representada por candidatos nuevos, frescos, reconocibles entre el votante, es posible un cambio real según el estudio minucioso de los datos.
En conclusión, Murcia no está condenada a repetir siempre el mismo resultado. Pero tampoco va a cambiar por inercia. Los datos de nuestra investigación concluyen que hay un espacio que todavía no está definido, y ese espacio lo ocupa el 33% que no vota.
Un tercio de la ciudad que, hasta ahora, no está participando en la decisión colectiva. Un tercio que, si se activara parcialmente, podría alterar el equilibrio político. No es una certeza.
Es una posibilidad real.
Y, como toda posibilidad política, depende de algo sencillo y decisivo: que quienes hoy están fuera decidan entrar.
Las fuentes utilizadas para la redacción de este artículo han sido principalmente:
- Resultados electorales municipales 2023 (Ministerio del Interior, España)
- Datos de participación electoral en Murcia
Informes de Cáritas y EAPN sobre pobreza y exclusión - Estudios del Centro de Investigaciones Sociológicas sobre abstención y comportamiento electoral.
















