A mí es que esto de la Luna, qué queréis que os diga, por mi parte…, si es que la cosa es que…, hay gente, oye, que todo lo que se le meta por la televisión y las redes se lo traga sin más y sin pensar… Y luego el maldito prestigio de todo lo norteamericano, que hay que ver qué poco aprendemos y escarmentamos.
Las aventuras de los países más ricos e injustos se mueven, en esto de los regresos a la Luna, la llegada a otros planetas y las intromisiones en el espacio sideral, entre la (muy mediática) tomadura de pelo y la (inocultable) estupidez, aunque nadie ignora que se trata de brillantes y opulentas operaciones de prestigio con objetivos que solo nominal y disimuladamente son científicos, ya que consisten en avances esencialmente militares destinados a (1) amenazar con mayor eficacia la vida de los humanos y (2) a depredar ambientalmente del universo que se ponga a tiro. Que los recursos que se destinan a jugar con el espacio exterior se hurten a tantas cosas necesarias y pendientes en nuestro mundo terrestre no me resulta de fácil justificación, y creo que debe de motivarnos a la serena y libre reflexión, lo más alejada posible de la farfolla mediática y política que nos atonta y mamonea.

1. La que lió aquel Sputnik…
Todo esto viene, en gran medida, de la Guerra Fría y de la competencia entre la URSS y Estados Unidos. Y en realidad la rivalidad la desató el vuelo orbital del Sputnik soviético, en octubre de 1957, que produjo aquella humillación que los norteamericanos no pudieron evitar ni con los servicios de aquel Von Braun, que pasó a trabajar para los Estados Unidos después de haber sido el más prestigioso científico espacial de la Alemania nazi. Y cuando en 1961 de nuevo la URSS se lució poniendo un hombre en órbita, aquel legendario Yuri Gagarin, la gran potencia capitalista no pudo más y el presidente Kennedy tuvo que anunciar que, en esa misma década (1960), serían ellos los primeros en poner un hombre en la Luna.
Cosa que hicieron, con el proyecto Apollo y la efeméride de Armstrong, Collins y Aldrin posándose en la superficie lunar un día de julio de 1969, para a continuación dejar que ese proyecto se deshiciera y pasara casi medio siglo para que surgieran nuevos estímulos hacia nuestro asombrado satélite. Aquel día, noche para nuestro hemisferio, este cronista purgaba, en su campamento militar de la cara segoviana del Guadarrama, la segunda o tercera imaginaria (las dos peores, como saben los que hicieron alguna de aquellas milis) y en una de las tiendas de mi unidad de Artillería se instaló una televisión alquilada para presenciar el acontecimiento, en un ambiente de gran exaltación…
Luego, este mismo cronista ha tenido tiempo de reflexionar sobre la tan manida “conquista espacial”, al tiempo que enumeraba, y vivía, numerosas derrotas del género humano en nuestra atribulada Tierra, y pudo asentar en su magín un escepticismo acre que mudó, poco a poco, en riguroso desprecio a las exhibiciones científico-tecnológicas a las que mueven la ambición económica o el fatum militarista. Y este es el caso de las vueltas y requiebros en torno a la Luna.
Aquello del Apollo y de otros proyectos posteriores siguió ciñéndose a la rivalidad, al orgullo y la estulticia en grado galáctico de las potencias, sin que se ocultaran nunca los móviles del prestigio y del ansia competitiva por adelantarse entre ellas. Así sucedió entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, y ahora sucede entre los primeros y la China emergente, que prioriza visiblemente las aventuras espaciales. En cualquier caso, todo esto aparece rodeado de toda una ristra de fábulas que, como tales, son y debieran de ser indigeribles: que si el noble impulso humano a saber más de las estrellas, que si la necesidad de expandir la ciencia y la técnica, que si las consecuencias (todas) beneficiosas de la exploración espacial, que si… Apenas, claro, se alude a la ambición de la industria privada aeronáutica, militar y otras, ni a que todo ese esfuerzo de los poderes públicos será aprovechado -en el caso norteamericano, al menos- por avispados y muy emprendedores empresarios privados, que expandirán sus negocios con el incipiente “turismo espacial” y con otras lucrativas actividades en perspectiva.

2. Que no falte el enfoque crítico
Pero en esto, como en tantas cosas parecidas, carísimas, espectaculares y de escasa utilidad general, debiera imponerse el análisis frío, centrándose en dar respuesta tranquila y cuerda a las preguntas de la lógica, la dialéctica, la ética, la metafísica, etcétera, etcétera, resumidas en estas cuatro: (1) ¿de qué se trata, objetivamente esta aventura y sus derivaciones?, (2) ¿por qué se acometen estos proyectos, es decir, cuáles son los motivos y las causas reales?, (3) ¿para qué se llevan a cabo, es decir, se dan a conocer los objetivos y las pretensiones, los declarados y los ocultos, pero sospechosos?, y (4) ¿cómo se lleva a cabo, se conocen bien las políticas que las encuadran y desarrollan, las estrategias a medio y largo plazo, los medios y los costes?.
Con todo, el más repetido de los objetivos aducidos en la misión lunar del Artemis II (que disfraza la perversa ambición, que es sobre todo militarista, ya digo) es que se pretende que la Luna se convierta en plataforma o base para continuar la expansión espacial de otros astros… Porque no es solo que un satélite a tres días escasos de la Tierra vaya a suponer trampolín objetivo alguno en un viaje de año y medio a Marte, cosa que debiera incitar a implacable reconvención a esa patulea de alucinados con el planeta rojo, sino que la impronta humana de destrucción de todo lo que toca en la Tierra, cosa tan a la vista y tan consolidada, vaya a extenderse, más libre e inclemente aún, a la Luna y luego a Marte, debiera turbar muy seriamente a cualquier mente mínimamente equilibrada.
Con el agravante de que estos espectáculos tan equívocos estén explosionando en plena “era Trump”, de dirigentes analfabetos y enloquecidos, lo que nada tiene de natural ni de espontáneo, y esto también debiera de agudizar nuestra inquisitiva mirada hacia estos proyectos y a sus verdaderos instigadores, que vienen de esa inculta y peligrosa mafia de Silicon Valley, justo complemento de las mamarrachadas trumpistas. A diferencia de la cordura del Tratado Antártico (1959), que dejó fuera de soberanías y dominios territoriales al continente helado, la Luna podrá caer en manos de la horda trumpista si, como delatan las prisas que le ha entrado, ponen pie en la Luna y deciden apropiársela, a despecho de lamentos onusianos o protestas internacionales de China, Rusia y otras potencias.

3. Ciencia y Tecnología en la picota
Una vez más hay que someter la ciencia y la tecnología (CT) a escrutinio humano, social y ético, ya que todo lo que tiene que ver con la exploración de los astros cautiva, aliena y adormece, y apenas se alzan frente a ella respuestas críticas, profundas y fundamentadas. Porque si para desarrollar este binomio CT, tan prestigiado y en este caso tan brillante, no se han de exigir explicaciones, sobre todo por su finalidad (el para qué), estaremos ante un desviacionismo intolerable, incluso socialmente delictivo, tanto por la desmesura de los medios puestos en ello como por las perversas intenciones que encierran (y ocultan).
Si no plantamos límites a la CT nos adentramos en terrenos desconocidos, y cuando los conocemos, tras el empeño por dominar y controlar esos mundos mediante un saber hasta entonces ignoto, suele ser demasiado tarde; de ahí que, desde el punto de vista de la atención a los humanos, la CT hace tiempo que genera más problemas que soluciones. Porque no debe caber duda alguna: esa CT se dedica, no a evitar y prevenir problemas sociales, sino preferentemente a generarlos y a continuación pretender “darles solución”. Porque esta fase, la de la expansión de los problemas, es la de mayor interés crematístico, y en ella se funda una floreciente actividad industrial y financiera.
Nuestra “civilización” (por llamarla de alguna manera y dejando de lado lo impropio del nombre) se adentra desde hace tiempo, siglos en realidad, en imprudencias y desafíos que generan más problemas para la vida ordinaria y sus garantías que soluciones a sus angustias y amenazas. Y por un prurito de arrogancia y “deificación” que confieren esa CT y sus resultados, considera normal no respetar nada, en un mundo cada vez más lleno de limitaciones y salidas falsas o bloqueadas. “Todo lo que es posible hacer o desarrollar, hay que acometerlo”, es el lema imperante y sin discusión, con este corolario: “Y si no lo hacemos nosotros, otros lo harán, así que…”, del mismo género extravagante. Frente a estos eslóganes tan intrínsecamente necios solo se vienen apuntando objeciones desde el mundo ecologista, a partir de que se alzara contra la energía nuclear civil y militar, es decir, contra la fisión (y la fusión) del átomo, ejemplo paradigmático de una CT osada e irresponsable, que del trabajo (aparentemente) científico y tranquilo pasó rápidamente al político-militar. La energía nuclear es algo que en mala hora acometimos, teniendo en cuenta sus consecuencias, que no solamente ha sido la liberación de radiactividad en aguas y atmósfera, sino la “construcción” de una pirámide de despropósitos que van desde su base físico-química hasta su vértice moral y espiritual, pasando por lo económico, político, jurídico…, y por la que la clase político-económica dominante apuesta y se lanza una y otra vez. Y no hay forma de demostrar que los beneficios de esa energía nuclear sean superiores a sus riesgos y desastres.

4. ¿Un progreso y un futuro regalo de las estrellas?
De la mano de la CT nos llega un repunte bobalicón de esas ideas estrafalarias que son el progreso (ilocalizable desde el mismísimo momento, ilustrado, en que se inventó) y el futuro (inexistente, ya que no es más que una sucesión, incierta, de presentes), ya que siempre se ha identificado el optimismo científico-tecnológico futurista con los espejismos espaciales, que, mira por dónde, son el último refugio de eslóganes y consignas que la cruda realidad niega con insistencia y rotundidad.
Se trata de un empeño de alto contenido ideológico: requiriendo la atención hacia la Luna o el programa espacial como un todo y una saga, se contribuye a olvidar o minimizar los problemas en la Tierra de miles de millones de seres acosados por la precariedad y los negros horizontes, que son acosados sin piedad -la fuerza y la habilidad de los medios de comunicación aquí se emplean a fondo- contribuyendo al engaño prefabricado mediante la exaltación de mitos y la ostentación de poderío.
En estos trances la mayor parte de la población terráquea, que constituye sociedades vulnerables y frágiles mentalmente, es puesta ante una realidad que es desbordante y que la supera ampliamente, resultándole muy difícil de procesar y asimilar en su verdadera dimensión (y en sus falacias). Y dado que en la vida personal y grupal no hay avances, mejoras o esperanzas estimulantes, se acaba poniendo el foco en lo más soportable y atractivo, de tal manera que el espectáculo se convierte en auténtico programa de un masivo control social que se traduce en adormecimiento de conciencias y neutralización de energías. Para tantos, el deslumbramiento de una CT de muy remotos beneficios para la humanidad no es más que la representación agresiva de una situación de cada vez más consolidada impotencia y nimiedad en la participación de los asuntos nacionales y no digamos internacionales. Mirando a la Luna y sus conquistadores, ofrecidos como reclamo para el conformismo y la ignorancia, los poderes públicos -y no solo los exhibicionistas de las grandes potencias- avanzan en su dominio y se benefician de un plus de paz social.
5. Por lo más sagrado…
La aventura espacial, de ambición ilimitada, es decir, desmedida, es un ejemplo de actividad humana en la que no se respeta nada, ni lo desconocido ni lo lejano y enigmático, y por supuesto no se toman en consideración, verdaderamente, las consecuencias de estos atrevimientos. Se considera inadmisible toda idea del tabú, es decir, de aquello que, por desconocido, peligroso o complejo -o sea, por elemental prudencia humana- no se debe ni tocar ni penetrar ni desarrollar, así que es mejor dejarlo como está, enfundado en el sereno atractivo de su misterio; al menos mientras no se demuestre que esas audacias constituyen prioridades humanas y sociales, lo que, sin ir más lejos en el caso de la conquista del espacio, es muy difícil de demostrar (imposible, en realidad). Esas actitudes de sabia contención, que son remanentes en las culturas que sin embargo llamamos tradicionales, evitando calificarlas de atrasadas (como nos apetecería), son el resultado del respeto a la naturaleza y sus secretos inspiradores y estimulantes, de la experiencia desde los errores y de cohesionadas culturas colectivas que han fundado la supervivencia en su reverencia hacia lo sagrado.
La conquista espacial me parece una experiencia grotesca y peligrosa, anunciadora de daños y desastres, tanto humanos como ambientales, pero sobre todo es un insulto, o mejor, una burla, al género humano, a esa mayoría empobrecida y amenazada; y debiera producir el rechinar de dientes para esos grupos que no se dejan camelar por globitos de colores, oropeles propagandísticos y cápsulas ingrávidas.
Todo esto queda muy lejos de la verdadera sabiduría humana, necesariamente ceñida a la naturaleza inmediata, de la que nacemos, que pisamos, que nos alimenta y que nos inspira secularmente, y a la que se le debe un respeto máximo. Sabiduría que en esta aventura queda sustituida, más bien sepultada, por saberes inquietantes, quimeras en multiplicación y arrogancias impunes, olvidándonos y menospreciando lo que de poesía, culto y contemplación debiera suscitarnos (me refiero a la Luna, claro).
















