La memoria antifascista, cuando se toma en serio, obliga a moverse. A salir del centro, a atravesar barrios, a llegar hasta donde la historia se quiso enterrar sin ruido. Este sábado 18 de abril, en el marco de las actividades por el Día de la República, una marcha memorialista ha cruzadoMurcia desde la antigua prisión provincial hasta el cementerio de Nuestro Padre Jesús, en la pedanía de Espinardo. Seis kilómetros a pie para señalar lo que durante décadas se ocultó: la represión, las fosas, los nombres borrados.
La convocatoria, impulsada por la Asociación de Memoria Histórica de Murcia, ha reunido a varias decenas de personas entre activistas, familiares de represaliados y militantes de organizaciones como Izquierda Unida, Partido Comunista de España, PSOE y Movimiento Sumar, entre otros. La caminata no ha sido un gesto simbólico más, sino un acto de pedagogía política que ha ido hilando pasado y presente en cada parada.
Frente al monolito a los caídos por la libertad ante el cuál se realizó una ofrenda floral, la presidenta de la asociación, Mercedes Nicolás, ha tomado la palabra para situar el momento histórico: se cumplen 90 años del golpe de Estado de 1936. “Estamos aquí para recordar a quienes defendieron un gobierno elegido por el pueblo y los avances que trajo la República”, ha señalado. Pero no se ha quedado en la conmemoración. Su intervención ha insistido en que las consecuencias de aquel golpe no pertenecen solo al pasado, “todavía nos quedan cosas”, ha advertido, en alusión a inercias políticas, institucionales y culturales que siguen operando.
El relato ha bajado a tierra rápidamente. Nicolás ha descrito sin rodeos el clima de terror que se impuso tras la guerra: visitas constantes de la Guardia Civil sin orden ni explicación, profesiones truncadas, familias rotas, miedo instalado como forma de vida. “Miedo a que maten a tu hijo, a que se lleven a tu madre”, ha recordado. Un miedo que no solo disciplinó a quienes lo sufrieron directamente, sino que marcó a generaciones enteras. En ese punto, ha recuperado el testimonio de una hija de represaliados que nació en prisión y que nunca se consideró “víctima” en el sentido clásico, sino heredera de una derrota impuesta.

La ruta también ha servido para denunciar lo que la asociación considera una batalla abierta por el significado de la memoria. Nicolás ha criticado que se esté vaciando de contenido el concepto desde algunas instituciones. “Para algunos, la memoria de la cárcel es que siga siendo una cárcel”, ha ironizado, en referencia a los usos actuales de la antigua prisión. Frente a eso, ha defendido que el reconocimiento como lugar de memoria debe centrarse en quienes sufrieron allí violaciones de derechos humanos.
Ese pulso se concreta en decisiones muy materiales: presupuestos, espacios, placas. La presidenta ha cuestionado el reducido alcance del espacio habilitado hasta ahora en la Cárcel Vieja y ha advertido de que el desarrollo completo del memorial no está garantizado. “No lo tienen todo hecho”, ha insistido, animando a presionar en el año que queda antes de las elecciones para que el proyecto no quede a medio camino. La reclamación es clara: que la memoria salga de los márgenes y ocupe el lugar que le corresponde en la agenda pública.

En el antiguo límite del cementerio, la atención se ha desplazado al trabajo de investigación. Un trabajo paciente, muchas veces invisible, que se nutre tanto de archivos como de llamadas inesperadas de familiares que buscan respuestas. Nicolás ha explicado cómo, a partir de un censo electoral de 1936, han logrado reconstruir la identidad de un combatiente del que apenas se sabía el nombre. “Es trabajoso, pero es la manera”, ha resumido.
Las cifras que maneja la asociación dibujan una dimensión del conflicto que rara vez aparece en el relato oficial: entre 15.000 y 16.000 murcianos enviados a combatir, muchos de ellos desaparecidos en frentes lejanos o deportados a campos nazis. La dispersión de esos cuerpos —y de esas historias— explica en parte la dificultad de cerrar duelos que siguen abiertos.
El momento más sobrecogedor ha llegado ante el osario. Allí, la explicación ha sido directa: muchos presos morían en la cárcel o en hospitales bajo custodia y eran enterrados en zanjas comunes sin notificar a sus familias. Con el tiempo, esos restos se trasladaron a osarios sin identificación. “Era otra forma de hacer desaparecer la memoria”, ha denunciado Nicolás. La represión, ha subrayado, no terminaba con la muerte; continuaba en la gestión de los cuerpos, en la negación del duelo, en la imposibilidad de señalar una tumba.

El recorrido ha concluido ante la tumba de los brigadistas internacionales, un recordatorio de que la defensa de la República fue también una causa global. Personas de distintas nacionalidades llegaron a España para frenar el avance del fascismo, y muchas acabaron enterradas en Murcia. Nicolás ha explicado cómo se organizaron por lenguas para poder comunicarse en hospitales y frentes, y ha destacado el papel de la ciudad como retaguardia sanitaria relativamente segura. Aun así, ha reconocido que todavía hoy cuesta identificar correctamente a muchos de los enterrados, especialmente a los españoles.
Más allá de los datos, la jornada ha dejado una idea que se repite entre quienes participan en estas iniciativas: la memoria no se conserva sola. Requiere organización, conflicto y voluntad política. En un contexto donde crecen los discursos que relativizan la dictadura o banalizan la represión, la ruta ha funcionado como un recordatorio incómodo.
“Lo que nos tiene que preocupar son las garantías de no repetición”, ha insistido Nicolás al cierre. No como consigna, sino como advertencia. Porque lo que se ha recorrido este sábado —la cárcel, las zanjas, los osarios— no es solo historia: es también una forma de medir hasta qué punto una sociedad está dispuesta a enfrentarse a lo que fue.
















