
El Tribunal de Magistrados de Johannesburgo ha condenado este 14 de abril de 2026 a cinco años de prisión al líder de Economic Freedom Fighters (EFF), Julius Malema, por disparar un fusil de asalto al aire durante un mitin político en 2018. Una sentencia que, lejos de entenderse como un mero procedimiento judicial, ha sido denunciada por amplios sectores políticos y analistas del Sur Global como un caso de persecución con motivaciones políticas.
El proceso se activó tras la presión ejercida por AfriForum, un lobby de extrema derecha blanca con estrechos vínculos occidentales, lo que ha alimentado las sospechas sobre la imparcialidad del caso. Diversas voces apuntan a que el trasfondo real de esta condena se conecta con dinámicas geopolíticas que trascienden las fronteras sudafricanas.
En este contexto, cobra especial relevancia la visita del presidente sudafricano Cyril Ramaphosa a Estados Unidos en mayo de 2025. Durante su encuentro en la Casa Blanca con Donald Trump, lo que debía ser un intento de recomponer relaciones bilaterales derivó en una ofensiva propagandística basada en desinformación. Trump presentó como pruebas vídeos manipulados y difundió narrativas falsas sobre supuestos asesinatos masivos de población blanca y expropiaciones indiscriminadas de tierras.
El foco de los ataques, sin embargo, se dirigió directamente contra Malema. Desde la propia Casa Blanca se proyectó un vídeo en el que el dirigente del EFF entonaba la canción “K*ll the Boer”, utilizada durante la lucha contra el apartheid. La administración estadounidense la calificó falsamente como una incitación al odio racial, ignorando deliberadamente su contexto histórico.
Lejos de ser un llamamiento literal a la violencia, este canto forma parte del repertorio simbólico de la resistencia contra el régimen racista del apartheid. El término “boer”, aunque literalmente significa “granjero” en afrikáans, ha sido históricamente empleado para referirse a la élite blanca de origen neerlandés que diseñó y sostuvo ese sistema de opresión. En ese marco, las consignas no apelaban a individuos, sino a la caída de un orden estructural basado en la segregación y la explotación.
Hoy, cuando Malema y sus seguidores recuperan ese lenguaje, lo hacen en referencia a la persistencia de profundas desigualdades económicas heredadas del apartheid. Sudáfrica sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo, donde la minoría blanca continúa concentrando la mayor parte de la riqueza, mientras millones de personas negras permanecen atrapadas en condiciones de pobreza estructural.
La condena contra Malema, en este contexto, no puede analizarse de forma aislada. Se inscribe en una batalla más amplia por el control del relato, donde sectores de poder intentan deslegitimar las luchas por la redistribución y la justicia social mediante la criminalización de sus líderes.
Una vez más, los hechos quedan subordinados a los intereses políticos. Y, como evidencia este caso, la verdad sigue siendo una de las principales víctimas.












