
La aparición del agitador de extrema derecha Jake Lang en Minneapolis este viernes se saldó con un fracaso político absoluto. Conocido por su retórica islamófoba, su discurso anti-inmigrante y su vinculación con el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, Lang intentó capitalizar el clima de tensión generado por el despliegue masivo de Immigration and Customs Enforcement (ICE) en la ciudad. Su convocatoria, planteada como una provocación abierta contra comunidades musulmanas y migrantes —especialmente la comunidad somalí, una de las más numerosas del país—, fue respondida con una movilización antifascista y antirracista muy superior en número, organización y legitimidad social.
Lang no encontró apoyo popular alguno. Las confrontaciones verbales con los contramanifestantes, que denunciaban el racismo, la islamofobia y la violencia institucional, bastaron para desmontar su puesta en escena. En cuestión de minutos, el activista ultraderechista se vio obligado a abandonar el lugar, aislado, sin respaldo visible y repudiado públicamente. La escena fue clara: Minneapolis no es terreno fértil para el fascismo ni para quienes pretenden convertir el odio en espectáculo político.
El contexto de esta movilización es clave. En las últimas semanas, Minneapolis ha vivido una escalada represiva sin precedentes por parte de ICE, con redadas, controles masivos y una presencia federal militarizada en barrios obreros y racializados. ICE, creada tras el 11-S como parte del aparato securitario estadounidense, se ha consolidado como una herramienta central de persecución racial y criminalización de la migración, con un largo historial de abusos, muertes bajo custodia, deportaciones arbitrarias y colaboración con fuerzas policiales locales. Su actuación ha sido ampliamente denunciada por organizaciones de derechos humanos y movimientos sociales.
La comunidad somalí, negra y migrante de Minneapolis ha sido una de las principales afectadas por estas políticas, convirtiéndose en blanco habitual de discursos de odio y campañas de desinformación promovidas por la ultraderecha. No es casual que figuras como Lang intenten intervenir en este contexto: su objetivo no es “defender la ley”, sino avivar el racismo, dividir a la clase trabajadora y legitimar la violencia del Estado contra quienes considera enemigos internos.
La respuesta popular de este viernes demuestra que existe una resistencia organizada capaz de frenar tanto a los provocadores fascistas como a las instituciones que los alimentan. Colectivos antifascistas, organizaciones comunitarias y vecinos y vecinas se movilizaron no solo contra Lang, sino contra lo que representa: la alianza entre extrema derecha, racismo estructural y políticas represivas al servicio del capital y del control social.
Minneapolis envía así un mensaje contundente: ni ICE ni sus propagandistas son bienvenidos. Frente al odio, la organización; frente a la represión, la solidaridad; frente al fascismo, una respuesta colectiva que defiende la dignidad, los derechos humanos y la convivencia desde abajo.














