
El agua volvió a convertirse este sábado 8 de agosto en un espacio de encuentro y resistencia. La quinta convocatoria del Abrazo al Agua reunió acciones en 53 ecosistemas acuáticos y contó con el apoyo de 117 colectivos, articulando una movilización internacional que conectó territorios muy diferentes alrededor de una misma reivindicación: defender el agua y los ecosistemas que la sostienen frente a su contaminación, sobreexplotación y subordinación a intereses económicos.
La jornada tuvo en el Mar Menor uno de sus principales puntos de referencia. La convocatoria del Abrazo al Mar Menor, que alcanza este año su sexta edición, volvió a reclamar la protección de una laguna que durante décadas ha sufrido las consecuencias de un modelo de desarrollo que ha colocado actividades económicas y beneficios particulares por encima de la conservación de un ecosistema único.
En la Región de Murcia, las cadenas y acciones se extendieron por distintos puntos del Mar Menor y su entorno, entre ellos Santiago de la Ribera, La Manga, Los Alcázares, Playa Honda, el puerto de Cartagena y la Rambla del Cobre, además de otros enclaves. El manifiesto recoge la participación de 21 cadenas en el Mar Menor y 30 en la Región de Murcia, dentro de una convocatoria que vinculó las distintas luchas por el agua de la comunidad.
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También se sumaron colectivos como Jóvenes Ecologistas en Acción, que participaron en Los Alcázares, mientras otras acciones se desarrollaron en distintos puntos del litoral y de los espacios acuáticos de la Región.
En el resto del Estado, el Abrazo al Agua se reprodujo en numerosos territorios. Entre los lugares participantes figuran Mazaricos (A Coruña), Reocín de los Molinos (Cantabria), Churriana (Málaga), Zahara de los Atunes (Cádiz), Soria, Campo Grande (Valladolid), Cardenete (Cuenca), el Mirador del Cerro de las Lagunas de Villafranca de los Caballeros (Toledo), Villamuñío (León) y Arcade, en la ría de Vigo, entre otros puntos de la geografía española.
La dimensión internacional alcanzó igualmente numerosos territorios. Entre los lugares participantes figuran Stenpiren, en Gotemburgo; Vätterstranden, en Jönköping; Hästholmens hamn, en Hästholmen; Hargebaden, en Askersund, en Suecia; el Palacio Łazienki de Varsovia, en Polonia; el río Regnitz, en Baviera, Alemania; Eastbourne, en Inglaterra; Nauplia, en Grecia; Wirikuta, en San Luis Potosí, México; el Río de la Plata, en Argentina; y otros enclaves internacionales, entre ellos Martinica.



No se trata de una relación exhaustiva de los lugares participantes, sino de algunos de los territorios desde los que se desarrollaron acciones durante una jornada que volvió a demostrar que los conflictos por el agua atraviesan fronteras.
El gesto de unir las manos alrededor de un ecosistema puede parecer sencillo, pero detrás de él existe una reivindicación política de fondo: recordar que aquello de lo que depende la vida no puede quedar subordinado a la lógica del beneficio. El manifiesto del Abrazo al Mar Menor lo expresa directamente: «El agua es vida. No pertenece a nadie y, sin embargo, es responsabilidad de todas y todos protegerla».
Ríos, mares, lagunas, acuíferos y humedales soportan las consecuencias de modelos económicos que convierten la naturaleza en un espacio de extracción y acumulación. La contaminación, la sobreexplotación de los recursos hídricos, la transformación del territorio y determinadas formas de producción y desarrollo no son fenómenos independientes: responden a decisiones políticas y económicas sobre qué actividades se autorizan, qué intereses se protegen y quién termina pagando los costes de la degradación.
La crisis ecológica tampoco golpea por igual a toda la población. Mientras determinados sectores económicos pueden obtener beneficios de la explotación intensiva del territorio y de los recursos naturales, los costes ambientales recaen sobre las comunidades que viven en esos territorios, sobre quienes dependen directamente de sus aguas y sobre las generaciones que tendrán que afrontar las consecuencias de decisiones tomadas en el presente.
Por eso, la defensa del agua no puede reducirse a una cuestión de conciencia individual. Existe una contradicción material entre la preservación de las condiciones que hacen posible la vida y un modelo económico que necesita convertir cada vez más espacios y recursos naturales en fuentes de rentabilidad.
El Mar Menor constituye una expresión especialmente clara de esa contradicción. El manifiesto denuncia años de «abandono, codicia, contaminación e impunidad» y recuerda el deterioro sufrido por una laguna que ha proporcionado riqueza y vida a su entorno y que, durante demasiado tiempo, ha recibido a cambio contaminación y degradación.

La movilización recuerda también una conquista histórica de la ciudadanía: el reconocimiento del Mar Menor como sujeto de derechos. La Ley 19/2022 convirtió a la laguna en el primer ecosistema acuático de Europa con personalidad jurídica y derechos propios, después de una movilización social que consiguió modificar la relación jurídica entre la sociedad y el ecosistema.
Pero el reconocimiento jurídico no garantiza por sí solo la protección efectiva. El manifiesto reclama el cumplimiento íntegro de las leyes que protegen el Mar Menor y exige el fin de los vertidos, la contaminación y las actividades que destruyen el ecosistema, junto con responsabilidad institucional y recursos suficientes para recuperar sus aguas.
Ahí aparece una de las principales dimensiones políticas de la jornada. Las leyes ambientales pueden reconocer derechos, pero esos derechos entran en conflicto con intereses económicos concretos cuando proteger un ecosistema implica limitar determinadas actividades, modificar modelos productivos o impedir que la rentabilidad privada se imponga sobre las necesidades colectivas.
La experiencia del Mar Menor conecta así con otras luchas por el agua. Cada territorio presenta sus propias características, pero existe un hilo común: la disputa por quién decide sobre los bienes naturales, quién se beneficia de su explotación y quién soporta las consecuencias cuando los ecosistemas son llevados hasta sus límites.
La presencia simultánea de acciones en España, Suecia, Polonia, Alemania, Inglaterra, Grecia, México, Argentina, Martinica y otros territorios convierte el Abrazo al Agua en una expresión de esa dimensión internacional. Las aguas pueden estar separadas geográficamente, pero las amenazas que afrontan comparten mecanismos: contaminación, presión económica, deterioro de los ecosistemas y utilización de bienes indispensables para la vida bajo criterios de rentabilidad.

El valor de la jornada reside precisamente en unir esas experiencias sin borrar sus diferencias. Un abrazo en el Mar Menor no es idéntico a una acción junto al Río de la Plata, en Wirikuta o a orillas de un lago sueco. Pero todas pueden formar parte de una misma defensa de aquello que ningún mercado puede producir y de lo que toda sociedad depende: agua limpia, ecosistemas vivos y condiciones materiales para sostener la vida.
El manifiesto del Abrazo al Mar Menor resume esa conexión en una frase: «Defender el Mar Menor es defender todas las aguas del planeta».
El Abrazo al Agua 2026 deja así una imagen que trasciende el gesto simbólico. Decenas de ecosistemas y 117 colectivos han situado el agua en el centro de una reivindicación social que cuestiona su conversión en mercancía y reclama que los bienes imprescindibles para la vida permanezcan bajo control colectivo.
Porque defender el agua significa también disputar el modelo económico que determina cómo se utiliza, quién puede apropiarse de ella y quién paga cuando es destruida. Frente a la privatización, la explotación y la subordinación de la naturaleza al beneficio, el Abrazo al Agua reivindica una idea tan sencilla como radical: el agua pertenece a la vida y los pueblos tienen derecho a defenderla.
«Todas las aguas, la misma agua, todos los mares, el mismo mar».















