En el regreso, reincidente en el tiempo, a la incivilización y la barbarie que el mundo muestra exhibiendo genocidas, provocadores y émulos aventajados de unos y otros, hay que ubicar al Reino de Marruecos debido a su estable constitución neocolonial con ínfulas crecientes de sub imperialista. Ha pasado, así, de una ética anticolonial y cuasi revolucionaria, alzada contra la permanente intromisión de potencias como España y Francia antes de la independencia en 1956, a una configuración feudal y neocolonial en la que el monarca ostenta la representación activa de todas las contradicciones, controlándolo todo, represión política y poder económico en primer lugar; pero que también hace de firme enlace con fuerzas ajenas a las que se entrega a cambio de que sostengan su estatus de privilegio frente a un pueblo empobrecido y fugitivo, sin dirigentes que lo reivindiquen.
En ayuda de esta dictadura, tan personalista, al rey marroquí le viene su calidad de Comendador de los Creyentes (Amir al-Muminín), es decir, jefe religioso del Islam en virtud de considerarse descendiente directo del profeta Mahoma a través del hijo, Hasán, del matrimonio de su (única) hija Fátima y de Alí, cuarto califa.

Así que además de jefe político omnímodo, para los marroquíes su rey es jefe religioso absoluto, por lo que toda crítica u oposición, además de atentar contra el jefe del Estado lo es contra el líder espiritual, resultando por lo tanto herética (o poco menos). Gozan de este título todos los sultanes alauíes desde que derrocaron a la dinastía anterior, la saadí, en 1659, y lo ostenta el actual rey Mohammed VI.
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Lo curioso es que, en el decidido acercamiento de esta monarquía al Estado israelí, enemigo de la Humanidad y por lo tanto del Islam y sus creyentes, el mundo musulmán siga expresando al rey marroquí respeto y devoción por descender del Profeta, y así lo hace la Organización de la Conferencia Islámica (OCI), que ya en 1979 distinguió además al rey Hasán II como presidente del Comité Al-Quds (nombre árabe de Jerusalén), encargado de velar por el carácter musulmán de la tercera Ciudad Santa del Islam, esa que los israelíes invadieron, ocuparon y maltratan con sus excavaciones insultantes, humillaciones históricas, limpieza étnica y provocaciones políticas y religiosas.

El análisis del Marruecos actual hay que hacerlo contando ineludiblemente con sus conflictos neocoloniales, que responden a fuerzas y residuos de la Historia, más allá de la naturaleza dura e implacable de un régimen monárquico de corte feudal, más que tradicional, que se pretende democrático y así se impone a las fuerzas políticas que se le someten, incapaces de mostrar vida propia o una actitud crítica hacia los fundamentos de un espectáculo antipolítico y amenazador (ni exótico ni grotesco).
Anotemos, simplemente, en los rasgos neocoloniales del Reino de Marruecos que, mientras reivindica, con razón y legitimidad, su soberanía sobre las plazas españolas de su costa mediterránea, somete, contra la Historia y el Derecho, a todo un pueblo, el saharaui, que lo rechaza y lo abomina, hasta el punto de que, con la invasión y ocupación de su territorio, el núcleo permanente de su política neocolonial ha tenido que consistir en impedir por todos los medios cualquier referéndum que dé voz a esos invadidos y reprimidos, porque lo perdería sin duda alguna. Marruecos se impone, por las armas y la represión, a un pueblo que lo rechaza desde hace siglos.
La novedad, de gran envergadura y trascendencia es que Marruecos, siguiendo instrucciones y por encargo de los Estados Unidos (ya antes de Trump, mucho antes), está poniendo en manos de Israel su tecnología militar, sus sistemas de vigilancia y espionaje y su modus belli, todo ello para (1) someter al pueblo saharaui y sus fuerzas armadas, (2) someter a su propio pueblo, intimidado y perseguido, y (3) chantajear a España y obtener con el menor coste posible las ciudades y peñones de soberanía española en la costa marroquí. Una alianza, la marroco-israelí, a la que se amarra el rey alauita sin que le importe su carácter netamente blasfemo: ¡el Comendador de los Creyentes y protector de Al-Quds, aliado con los genocidas del pueblo árabe-musulmán de Palestina!
Lo importante es anotar, y describir, los rasgos esenciales de esta “integración” de Marruecos en el bipolo satánico de Trump-Netanyahu, para formar un triángulo desigual pero bien armado, y saber bien a qué atenernos; y para ello debemos proceder a un cuadro comparativo de las similitudes entre el Estado genocida de Israel y el Reino represivo de Marruecos para ilustrar hasta qué punto ambos se conchaban contra la Humanidad. Y el primero de estos rasgos es, sin duda alguna, que Israel y Marruecos someten a opresión y marginación a los pueblos palestino y saharaui, respectivamente, cuyos territorios históricos y legítimos ocupan ilegalmente. Y aunque no sea con exactamente el mismo objetivo, pero como inocultable “detalle” de su modus operandi, ambos regímenes han construido un Muro para hacer más fácilmente realizable su dominio sobre ellos, con la sujeción física directa: un Muro de infamia que muestra bien a las claras su discurrir entre el desprecio y el miedo.
En segundo lugar, y estrechamente vinculado con lo anterior, ambos Estados proceden a la eliminación de esas dos poblaciones con distintos objetivos y métodos: Israel mediante su liquidación total en las áreas que se quiere anexionar en una estrategia claramente genocida, y Marruecos con la “minimización” de los autóctonos en el territorio del Sáhara que invadió, ocupó y explota, con una política de inmigración y colonización que busca su desaparición a plazo.
Ambos Estados, como tercera nota, hacen caso omiso de los mandatos del Derecho y la Ley internacionales, singularmente la Carta de la ONU y las resoluciones de ella emanadas, sean del Consejo de Seguridad, sean de la Asamblea General; pretextando derechos históricos en ambos casos sobre las tierras invadidas, con el agravante israelí de apelar a la defensa propia por considerar terroristas, en definitiva, a todos los palestinos (Estados Unidos ya prevé, para satisfacción de Marruecos, declarar al Frente Polisario como grupo terrorista).
Ambos Estados, quinta semejanza, gozan de impunidad de hecho en su burla hacia la Comunidad internacional, que por su parte se muestra incapaz de adoptar medidas legales y coercitivas para que cesen sus abusos e incumplimientos, así como sus crímenes contra la Humanidad que, presentes en ambas situaciones, son de entidad espeluznante de la parte israelí. Recordemos, no obstante, el bombardeo con napalm con que la aviación israelí machacó en la transición de 1975 a 1976 a los grupos saharauis que huían de su territorio camino del exilio en Argelia (hay que insistir: estas diferencias son de grado, no de esencia).
Ambos Estados se amparan en el poder casi omnímodo de los Estados Unidos de América, con los que mantienen una “relación especial” de alianza, dependencia y criminalidad internacional, haciendo de peones subimperialistas a los que se premia con dejarles las manos libres para resolver los molestos asuntos que les conciernen: la eliminación, sumisión o humillación de los pueblos que no se les someten, y el control interior. Esto, en sexto lugar.
En séptimo lugar, ambos Estados viven una militarización obsesiva y agresiva, siempre con el pretexto de la seguridad, exterior e interior, con una componente creciente en inteligencia, es decir, en espionaje y persecución tecnológica de críticos y opositores. En este aspecto, Marruecos se ha ligado con Israel por el Acuerdo de Cooperación en Materia de Seguridad firmado por los ministros de Defensa de Rabat y Tel-Aviv en 2021, como primera consecuencia tanto de la ruptura del alto el fuego con el Polisario como del reconocimiento diplomático mutuo, lo que se ha redoblado en 2026 con un Plan de Acción Militar.
En octavo, y último lugar, ambos Estados son expansionistas: el israelí por un fondo teocrático (con la apelación desvergonzada a las novelas de la Biblia) y por sus planes de carcomer a los Estados de su entorno (el Gran Israel); y el marroquí por un nacionalismo hecho de frustraciones coloniales y alucinaciones nacional-fascistas (el Gran Marruecos).
Este es el cuadro de semejanzas entre los regímenes marroquí e israelí con el que hay que contar sabiendo de sus intenciones y agresividad; porque nos enfrentamos -desde España y desde el mundo perplejo e indignado- a una alianza que no cederá en sus propósitos de abuso, dominio e imperio, sabiendo, como lo saben, que gozan de un momento de impunidad por el padrinazgo norteamericano y la inepcia de la comunidad internacional.
















