Las calles del séptimo distrito de Lyon se convirtieron este sábado en el escenario de una demostración de fuerza del neofascismo francés, que logró su objetivo de elevar a la categoría de «mártir» al militante Quentin Deranque, fallecido el pasado 12 de febrero tras una reyerta con grupos antifascistas. La movilización, que congregó a unas 3.500 personas según los organizadores, fue cuidadosamente orquestada para proyectar una imagen de duelo ciudadano, aunque la realidad material del evento no tardó en aflorar a través de una exhibición sistemática de saludos nazis, cánticos supremacistas y la presencia de los cuadros más radicales de la ultraderecha europea.
Esta claudicación de las instituciones comenzó con la autorización directa del Ministerio del Interior, que ignoró las peticiones de prohibición del alcalde ecologista Grégory Doucet. La prefecta Fabienne Buccio justificó la legalidad del acto bajo la cuestionable premisa de evitar una «manifestación salvaje», una decisión que en la práctica permitió que el aparato represivo del Estado, mediante drones y cientos de agentes, custodiara un desfile donde se profirieron insultos racistas y cánticos como «¡Blanco, despierta!» o «¡Abajo los moros!». La contradicción entre el discurso de «orden» y la violencia verbal quedó sellada cuando los propios servicios de seguridad de la marcha tuvieron que advertir a los manifestantes más exaltados de la presencia de cámaras mientras estos vejaban a los vecinos de los barrios populares con insultos xenófobos.

La gravedad política de la jornada se vio acentuada por una coincidencia histórica que la izquierda francesa ha calificado de afrenta intolerable. El ascenso del fascismo a las calles lionesas se produjo precisamente en el aniversario del fusilamiento de Missak Manouchian y sus camaradas de la Resistencia comunista, ejecutados por los nazis en 1944. Mientras la cúpula del Reagrupamiento Nacional de Jordan Bardella intentaba una maniobra de distanciamiento táctico para mantener su imagen institucional, la derecha clásica de Les Républicains mostró su porosidad ideológica con la participación a título personal del senador Étienne Blanc y el gesto cómplice de la región de Laurent Wauquiez, que colgó un retrato gigante de Deranque en su sede sobre un local llamado «La Commune», en una burla deliberada a la memoria revolucionaria de la clase obrera.
El carácter de frente único reaccionario se confirmó por la composición de la marcha, donde figuras condenadas por apología de crímenes de guerra como Alexandre Gabriac caminaron junto a líderes neonazis de los disueltos Zouaves Paris y colectivos identitarios como Nemesis. Esta amalgama de fuerzas, que incluyó delegaciones de neofascistas austríacos e italianos, encontró su único límite real en la respuesta popular. A pesar del blindaje policial, la dignidad de Lyon se manifestó desde los balcones con pancartas antifascistas y la música de Bérurier Noir, culminando en un epílogo donde la supuesta invulnerabilidad de los manifestantes se desmoronó cuando grupos de jóvenes de la periferia persiguieron a los fascistas más rezagados. Al final de la jornada, quedó una evidencia política amarga: el fascismo francés ha logrado unificar sus siglas bajo el amparo de un Estado que prefiere gestionar la presencia de los herederos de Vichy antes que confrontar el avance de la reacción en el espacio público.
















