La reciente declaración ideológica anunciada a través de su cuenta de X (anteriormente Twitter) por Palantir Technologies, sintetizada en su tesis de la “República Tecnológica”, no es un texto más impulsado dentro del ecosistema tecnológico contemporáneo. Es un documento que revela con inusual claridad el momento histórico en el que se encuentra el capitalismo digital. No describe simplemente una tendencia: la organiza, la legítima y la proyecta.
Desde el inicio, desglosado en 22 puntos, el lenguaje no deja espacio a interpretaciones ingenuas, “Silicon Valley debe una deuda moral al país que hizo posible su ascenso” y, por tanto, “la élite ingenieril tiene la obligación de participar en la defensa de la nación”. Esta formulación, que a primera vista puede parecer una apelación patriótica, encierra en realidad una redefinición profunda del papel del capital tecnológico. No se trata ya de empresas que innovan dentro de un mercado, sino de actores llamados a integrarse en la arquitectura de la élite del poder estatal burgués.
Para comprender el alcance de este desplazamiento, resulta inevitable recordar que las ideas dominantes de una época no son autónomas, sino que emergen de las condiciones materiales de producción. En este sentido, el texto de Palantir no es una ocurrencia ideológica, sino la expresión de una transformación en la base misma del sistema: el capital digital ha alcanzado un punto en el que necesita redefinir su relación con el Estado, la guerra y la seguridad para continuar expandiéndose.
Durante décadas, ese capital se organizó en torno a la economía del consumo digital. Plataformas, redes sociales y dispositivos móviles configuraron un ecosistema que parecía ilimitado. El economista político canadiense Nick Srnicek, autor de “Platform Capitalism”, analizó este modelo como una forma específica de acumulación basada en la captura de datos y la construcción de infraestructuras digitales monopolísticas. Las grandes empresas tecnológicas no solo vendían productos: controlaban los entornos donde se producía la interacción social.
Sin embargo, desde hace unos años ese modelo comenzó a mostrar signos de agotamiento. El propio manifiesto lo reconoce, aunque lo formule en términos aparentemente culturales: llama a “rebelarse contra la tiranía de las apps” y admite que el objeto emblemático de esta era “puede estar limitando y constriñendo nuestro sentido de lo posible”. Lo que está en juego aquí no es una crítica superficial al uso de la tecnología, sino el reconocimiento de que la economía basada en la atención, la publicidad y el consumo ha alcanzado sus límites estructurales.
En este punto, resulta especialmente relevante la obra de Yanis Varoufakis, economista griego, exministro de Finanzas y autor de textos como “Tecnofeudalismo: el sigiloso sucesor del capitalismo”. Varoufakis sostiene que el capitalismo está mutando hacia una forma en la que las grandes plataformas digitales funcionan como “feudos” que capturan rentas a partir del acceso y el control de infraestructuras. En su análisis, el mercado pierde centralidad frente a estos espacios cerrados donde unos pocos actores dominan la interacción económica.
Pero lo que propone Palantir es aún más preocupante, va un paso más allá. No se limita a gestionar esos espacios digitales: plantea convertirlos en instrumentos de poder estratégico. De ahí la afirmación central del texto, en el que apunta a que “el poder duro en este siglo se construirá sobre software”. Esta frase condensa un cambio de época. La tecnología deja de ser un medio para el consumo y se convierte en una infraestructura para la guerra, la seguridad y la dominación geopolítica.
En ese contexto, una de las operaciones ideológicas más significativas del manifiesto es la naturalización del conflicto. La frase “la cuestión no es si se construirán armas de inteligencia artificial, sino quién las construirá y con qué propósito” elimina de raíz cualquier debate sobre la legitimidad de ese desarrollo. La guerra tecnológica no aparece como una elección política, sino como una inevitabilidad.
Este tipo de razonamiento conecta con lo que el teórico cultural británico Mark Fisher describió en “Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?” como la incapacidad contemporánea de imaginar alternativas al sistema dominante. Fisher argumentaba que el capitalismo no solo organiza la economía, sino también la imaginación: define lo que es posible y lo que no. En el caso de Palantir, esa lógica se traslada al terreno militar. No se discute si se debe avanzar hacia la guerra algorítmica; se asume que es el único camino.
El argumento se refuerza con una apelación directa a la competencia global, “nuestros adversarios no se detendrán… avanzarán”. Aquí aparece una continuidad con el análisis del imperialismo desarrollado por Vladimir Lenin, líder revolucionario ruso y autor de “El imperialismo, fase superior del capitalismo”. Lenin planteó que la competencia entre potencias capitalistas empuja inevitablemente a la expansión y al conflicto. La diferencia es que, en el contexto actual, esa expansión ya no se mide solo en territorios o recursos, sino en capacidad tecnológica, control de datos y superioridad algorítmica entre las élites capitalistas.
Otro elemento central del texto es la integración de la vigilancia en la lógica estatal. La socióloga estadounidense Shoshana Zuboff, autora de “La era del capitalismo de la vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder”, ha analizado cómo las grandes empresas tecnológicas convierten la experiencia humana en datos para predecir y modificar comportamientos. Sin embargo, en el caso de Palantir, esa lógica da un salto cualitativo: la vigilancia deja de estar orientada exclusivamente al mercado y se integra directamente en la seguridad nacional.
Cuando el manifiesto plantea que Silicon Valley debe participar en la lucha contra el crimen o en el desarrollo de capacidades militares, está redefiniendo el papel de estas empresas. Ya no son intermediarios económicos, sino actores que intervienen directamente en la gestión del orden social. En este punto, las advertencias del ensayista bielorruso Evgeny Morozov, conocido por su crítica a “La locura del solucionismo tecnológico”, adquieren una relevancia particular. Morozov ha señalado cómo la tecnología se presenta como solución neutral a problemas políticos, cuando en realidad refuerza estructuras de poder existentes.
El manifiesto no se limita a reorganizar la economía o el Estado. También interviene en la forma en que los individuos se relacionan con la política. Se critica que “la psicologización de la política nos está desviando” y se advierte contra una cultura que busca en ella “nutrir su alma y su sentido de identidad”. Al mismo tiempo, se denuncia “la tentación superficial de un pluralismo vacío y hueco”.Estas afirmaciones pueden leerse a la luz del trabajo del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, autor de “La sociedad del cansancio y Psicopolítica”. Han sostiene que el capitalismo contemporáneo ha producido sujetos centrados en el rendimiento individual, la autoexplotación y la autoexpresión, pero debilitados en su capacidad de acción colectiva. Ese tipo de subjetividad, funcional al consumo, resulta poco adecuada para sostener proyectos políticos basados en el conflicto y la disciplina.Por eso el manifiesto introduce la idea de que “el servicio nacional debería ser un deber universal”. No es solo una propuesta institucional, sino un intento de reconfigurar la subjetividad social. En este punto, resuenan, aunque desde una perspectiva opuesta, las reflexiones del líder de la revolución china, Mao Zedong, quien insistía en que toda guerra prolongada requiere una base social movilizada y consciente de su papel histórico. Aquí, sin embargo, esa movilización no busca transformar el sistema, sino garantizar su continuidad bajo nuevas condiciones.
El texto también reafirma el papel de Estados Unidos como eje del orden global, afirmando que “el poder estadounidense ha hecho posible una paz extraordinariamente larga”. Al mismo tiempo, propone que “la neutralización de Alemania y Japón debe deshacerse”, lo que implica una reconfiguración del equilibrio militar internacional.
Estas ideas pueden interpretarse a través del trabajo del geógrafo británico David Harvey, autor de “El nuevo imperialismo”, quien ha desarrollado el concepto de “acumulación por desposesión” para describir cómo el capital se expande mediante la apropiación de nuevos espacios y recursos. En el contexto actual, esos espacios no son solo territoriales, sino también digitales: datos, infraestructuras tecnológicas y sistemas de inteligencia artificial.
Lo que emerge de este manifiesto es, en última instancia, una transformación del propio Estado. Aunque el texto critica la burocracia y la ineficiencia pública, no propone su reducción, sino su reconfiguración. Se perfila un Estado más estrechamente integrado con el capital tecnológico, más orientado a la seguridad y más dependiente de infraestructuras privadas.La consecuencia es una forma de poder híbrida en la que las fronteras entre lo público y lo privado se vuelven cada vez más difusas. Las empresas tecnológicas dejan de ser actores externos para convertirse en componentes internos del aparato estatal.
La “República Tecnológica” no es, por tanto, una utopía ni una distopía. Es un proyecto político concreto que busca consolidar una nueva fase del capitalismo. Una fase en la que la acumulación, la vigilancia y la guerra se entrelazan de manera cada vez más estrecha.
La contradicción que atraviesa todo el texto es evidente, se invoca la defensa de sociedades libres mientras se promueven estructuras que requieren mayor control, mayor disciplina y una integración más profunda entre tecnología y poder estatal. Pero esa contradicción no es nueva. Forma parte de la lógica histórica del capitalismo, que, necesita presentarse como universal incluso cuando reproduce relaciones de dominación.
La cuestión que este manifiesto deja abierta no es si ese futuro es posible, sino cómo se disputará. Porque si algo revela con claridad es que el conflicto —económico, político y tecnológico— no pertenece al porvenir.
Es ya la condición del presente.
















