
Como de excelente puedo calificar la cosecha de afectos recogida en mis andares, saberes y vivires de este año corriente, que se desenvolvió en sus primeros meses de forma intensísima y con aplicación en mi propia tierra, en estimulante conjunción costera y fluvial, mientras redactaba La cuestión del Sáhara Occidental y las relaciones España-Marruecos (contra la Historia y el Derecho), libro que espero para los próximos días. Tuve no obstante que visitar la Universidad de Córdoba a mediados de marzo para debatir con el eminente intelectual Paco Almansa sobre “Economía y Ecología”, lo que resultó de gran satisfacción científica, a la que se me añadió el cordialísimo ambiente creado por el entorno de este filósofo. El día anterior había participado en Jumilla en una sesión sobre las alteraciones climatológicas que, como en tantos otros puntos del Sureste español, vienen indignando a los agricultores, quejosos de que la lucha anti-granizo desde aviones ad hoc altera las precipitaciones porque son manejadas a voluntad y “redistribuidas” según conveniencia de intereses que nunca están ocultos. Y desde ahí hice la travesía gozando transiciones físico-paisajísticas por un territorio casi totalmente ignoto para mí, granadino y jiennense: esas tierras altas donde nacen el Segura y el Guadalquivir, “colándome” entre el poderoso sistema geológico de Cazorla-Segura-Alcaraz, al que se añaden la solemne y rotunda Sagra y esas estribaciones que llegan al noroeste murciano con el macizo de Revolcadores.

El regreso lo hice coincidir con una cita con afectados por la hipersensibilidad a los campos electromagnéticos, principalmente mujeres, con quienes me reuní para aportar la escasa ayuda de la que soy capaz, una vez comprobado que frente a ese enemigo ubicuo y creciente solo cabe la huida, por lo demás, nada fácil. Que es el caso de Carmen, sufriente desde hace años de ese mal invisible y persecutorio, que ha optado por establecerse en absoluta soledad en el valle, más bien barranco, del río Castril, donde ha conseguido toda la paz posible, tanto para su cuerpo como para su alma.

Luego, llegado el verano y pese a su castigo térmico, monté mi particular expedición por tierras de León con el objetivo principal, aunque no único, de rendir la visita prometida a Benjamín, natural de Rodanillo, en el municipio de Bembibre, comarca del Bierzo. El viaje lo “historié” pasando por la romana, episcopal y gaudiniana Asturica Augusta/Astorga y, abandonando la Maragatería, seguí el Camino de Santiago para ascender al alto de Foncebadón (1.500 m), con parada en su famoso “montón” de piedras peregrinas y su Cruz de Hierro, para descender a continuación a Molinaseca y desembocar finalmente en el hondo (cubeta geológica) Bierzo. Di vista entonces a Bembibre (de bene vivere, nada menos, aunque su ancestro es la romana Interfluvium Flaviae), animadísima villa que fuera durante las décadas del carbón, cuando la conocí y estudié (finales de la década de 1990), pero que hoy palidece e impresiona por su decadencia y su vacío, con poco más de 8.000 habitantes cuando en1991 tenía casi 11.000. Nunca dejo de recorrer, desde el hostal Moderno en el que paraba (ya cerrado) hacia arriba, el núcleo medieval, o Villa Vieja, porque me gusta contemplar el escueto, aunque formidable resto de muralla del castillo, “residencia” de aquel malvado conde de Lemos, personaje de la obra El Señor de Benbibre (1846), prototípica del Romanticismo español, cuyo autor fue el berciano Enrique Gil y Carrasco.
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A Benjamín, lo conocí el año pasado cuando, en otra gira por el Viejo Reino, contemplaba admirado la iglesia del pueblo; fue entonces cuando se me apareció, obsequioso, brindándose a enseñarme la iglesia que por él supe que era la joya del lugar por su retablo, sus pinturas murales semiocultas, su pila bautismal… y su campanario o espadaña de acceso exterior, que fue lo que primero atrajo mi atención, con dos imponentes campanas “de repique y volteo”, más esquila para llamar “a misa rezada”.

La continuación fue el oportuno, reparador y generoso cerveceo en su umbroso y alegre domicilio, donde nos hicimos amigos al sabio ritmo del relato, difícil de controlar, de vivencias y batallitas, con fiel promesa de volver al otro año (éste), ya que los meses de verano los pasa en relativa soledad en el pueblo de sus raíces, que tanto ama. Contome Benjamín de un su amigo, el ingeniero David, también lugareño, que funge de activo, entregado e inteligente cronista del pueblo como depositario del patrimonio cultural e histórico locales, y quedamos en vernos los tres en Madrid, donde vivimos, a la llegada del otoño. Y así fue, derivándose de tan fructuoso contacto nada menos que mi adhesión a la Casa de León en Madrid, donde procuro hacer acto de presencia en actos culturales y donde pretendo presentar mis libros de interés regional o general; cosa que ya hice, a principios de este año, con De León a Bilbao por la ruta del viejo Hullero, homenaje al tren de vía estrecha, de robusta personalidad (esencialmente minera) leonesa, conocido también como “el tren de La Robla”, pese a que había sido publicado en… 1993; un tren del que guardo emotivos recuerdos de las excursiones colegiales por la Montaña Leonesa, a la que llevaba (y sigue llevando). Una Casa regional, esta de León, que ya me ha producido encuentros con admirados autores leoneses, como Juan Pedro Aparico y Julio Llamazares, creadores ambos, por cierto, de sendos y muy buenos libros sobre ese heroico Hullero, que algunos llaman también Transcantábrico.

De mi visita a Rodanillo, breve pero bien aprovechada, quiero destacar los paseos de “inventario” de sus casonas blasonadas, miradores reconstruidos, pozos y el recuerdo de la vocación local de constructores de carros, como recuerda uno de aquellos que aparece, respetado, en su tejido urbano. Y la excursión que emprendimos Benjamín y yo al vecino pueblo de Cobranza, por la ladera de la sierra de Moirán, en la que me dejó continuar solo ya que le fallaba una rodilla, no sin antes responder a mi espanto con que sí, que una maldita plaga ha secado y hecho desaparecer casi todos los castaños de la zona, lo que me abrumó sobremanera (porque, dime tú, soto castañero, dominador de lindes, esquinazos, prados risueños y ocultos castros, ¿acaso ves llegado el fin de tus días, tras siglos de admirables servicios desde que -dicen y es para creerlo- los romanos te implantaron para que tu fruto nutriera a esclavos y señores? ¿acaso no podré ya tenerte a mano en futuras escapadas de mis otoños de nostalgia, para regalarme, con uvas y manzanas, en mi siempre apresurado paso al recorrer con avidez ruinas, recuerdos, pueblos y esos paisajes bercianos, que tan vistosamente dominas?)
Ya en el camino de vuelta pasé por la capital leonesa para el encuentro previsto en la Universidad con José Luis Sánchez, físico de la atmósfera, con el encargo de AVIAL, organización de defensa del clima de Huércal (Almería), de invitarle a participar en setiembre en una jornada de “repaso y protesta” por la persistente acción de la misteriosa “avioneta antigranizo” (sí: esa que no existe, pero que “es militar y hace horas extras”).
No ha faltado, con peor canícula y separado del viaje al Bierzo, un nuevo deambular por Tierra de Campos, sector palentino esta vez, del que recogeré el episodio del tormentón vivido, tan celtíbero y agosteño por lo demás, pero que en esta tierra de diluido horizonte impresiona. Pero no puedo olvidar, y así la fotografié, cómo se anunciaba veloz y amenazante, con el nubarrón negro que parecía querer arrasar el manto dorado de los trigos ya cosechados, dejando con su explosión y su diluvio el familiar, literario, mágico, denso olor a tierra mojada que desprende ese manto arcilloso, de intenso rojo-pardo y de profundidades insondables (arcillas terciarias de gran potencia, en lenguaje geo-edafológico), al que esta tierra debe su infinita feracidad. Hablo del Campus Gothorum (un respeto), de cuyas huellas patronímicas son buena muestra las maravillosas iglesias visigóticas de San Juan de Baños y San Pedro de la Nave, en las márgenes de esta inmensa comarca, plana como ninguna, entre el Carrión y el Esla, que transpiran dormidos y sugestivos misterios. Mi homenaje a aquellos gotones de rigor que, traspasando mi leve indumentaria, caían como borbotones sobre el asfalto y que rebotaban -sin lograrlas deshacer, por más que pasen los siglos- esas paredes austeras de adobe y tapial.

Tengo que apuntar aquí, encantadísimo, la agradable sorpresa vivida también este verano al encontrarme a un paisano, José, aguileño que investiga sobre pastos (o algo así, que por más que me lo explica no acabo yo de…) en Condemios de Arriba, pueblo vecino a Galve de Sorbe (Guadalajara), donde hace más de 40 años hallo mi contrapunto mesetario en más de un aspecto. Y es de vernos, mediterráneos a tope, sentados ambos en el bar y rodeados de los nuevos amigos (algunos, ya viejos para mí), castellano-profundos auténticos, compartiendo bromas, cuentos y risas. Vivires de los buenos, ya lo creo.

¡Ah, y en Albacete, recuerdo dolorido de Pilar, aquella amiga y compañera en mala hora desaparecida cuando la primavera más engañosa era, porque también fui en su día (1981-1982) castellano manchego por razones político-autonómicas, pero que se extendieron, sin apenas transición, a afectos y complicidades! En Almansa quise transmitirle a Damián, su hermano, mi pesar y desolación, encontrándome a un cura párroco de finísima sensibilidad humana e intelectual, a más de un agradable palique que nos llevó, en un momento, por nubes de estoicos y epicúreos, así que fijaos; pero al que ya le viene estrecho el pueblo (así que su obispo lo tendrá que reubicar en más fértil destino).
Luego, sobrevenido el otoño, la “operación Extremadura”, con el libro sobre Almaraz en bandolera y la muy productiva compañía de Chema, verdadero factótum de la publicación, y su esposa Montse, arrancando de Navalmoral de la Mata (Cáceres), donde viven y me acogen cuando emprendo camino hacia esa tierra de conquistadores del XVI y antinucleares del XX. La primera etapa era ineludible: reunirnos con Diego y Aida en Los Santos de Maimona, en la provincia de Badajoz y comarca de Tierra de Barros, pueblo que formó trío con La Fuente del Maestre y, sobre todo, con Villafranca de los Barros cuando una bien organizada Plataforma vecinal en largos y sobre todo duros combates tuvo que hacer frente a un inexplicable proyecto de refinería de petróleos, hasta aniquilarlo. Este es un pueblo con fortísimo acento cooperativo (800 familias viven de las cooperativas del aceite), de tradición sindicalista y campesina, con amigos que se acercan, abrazan, preguntan o recuerdan. Yo sí te conozco, me dirá Frasco, enfermero jubilado, evocando esos años de agitación contra la refinería en los que se me vio por aquí una y otra vez; o Juan Murillo, cronista oficial de la villa, versado en historias, folklores y caldos de la tierra, que ha olido la presencia de nuestro grupo y nos comparte su afabilidad y su elegancia, de cuasi hidalgo.

A continuación vino la primera presentación, en Llerena, del libro que motivaba nuestra expedición, Amanecer sin Almaraz, escrito con el minucioso relato de la vida y aconteceres de la central nuclear de Almaraz y sus dos reactores, en el que yo aporto un prólogo contando mis primeros escarceos por esas tierras, en enero de 1975, informándome y buscando opositores para darles marcha. Su edición ha pretendido alertar del serio (y peligroso) error que constituye el prolongar la vida útil de esa central, que ya cumplió los 40 años “reglamentarios” en 2021-2022. La presentación tuvo lugar en la sorprendente biblioteca municipal, que es la antigua iglesia del hospital de San Juan de Dios, construida en el siglo XVIII, en la que, donde hubo retablo y hornacinas laterales de su robusta nave única, ahora posan cientos y miles de libros para quien quiera leerlos…

Luego vino nuestro paseo nocturno, por calles silenciosas hasta desembocar en la Plaza Mayor, monumental y sorprendente, con iglesia que presenta una galería peculiar, como si palacio y templo se hubieran empeñado en fundirse (lo que fue muy cierto: poder político y dominio eclesiástico fueron de la mano tanto tiempo…). ¡Ah, la Extremadura del siglo XVI, muchos de cuyos hijos aventureros hicieron sus Américas en rotundo sentido literal!
Al día siguiente fue en Montijo y en el Lokalino, nido de joviales tipos, a la par que indomables y al loro de todo lo que se mueva, donde presentamos el libro de Almaraz y Chema aprovechó para recordar a los presentes que hacía 50 años que había aparecido mi Nuclearizar España, en el que ya relataba mis andanzas por los lugares llamados a nuclearizarse de Almaraz y Valdecaballeros.

Antes de lo cual nos arreglamos para visitar la Colonia Penitenciaria Militarizada nº2 de Montijo, precedente, según quienes la han estudiado, de los kämpe nazis de la muerte. Por aquí pasaron, entre 1939 y 1946 y en régimen de semi esclavitud, 1.470 presos republicanos, trabajando en la construcción del Canal de Montijo, una de las infraestructuras que se integraron después en el llamado Plan Badajoz (aprobado en 1952), de regadíos de las Vegas Bajas del Guadiana.

Quedan suficientes restos como para hacerse una idea de lo que aquello fue, como dos naves-dormitorios y, adosada, la “casa del coronel”, el depósito de agua, dependencias agrarias… A los que se daba por útiles para el trabajo, muy duro y penoso, se les conmutaba tres días de pena por cada uno de trabajo. Pronto se adhirió a la Colonia un poblado de chozos para los familiares que querían estar cerca de sus deudos. Desde las ruinas se nos apareció la señora María, actual propietaria, que nos cuenta todo esto con especial gracejo, una vez perdida la desconfianza inicial… Los investigadores de la Memoria Histórica han encontrado, qué cosas, que en el origen de este campo de prisioneros hubo un jesuita, lo que me recordó al franciscano que regía un campo de prisioneros antifascistas en la Croacia pronazi durante la Segunda Guerra Mundial, en el que fueron aniquilados casi un millón de personas, en su mayoría serbios, pero también gitanos y judíos (de los que miles fueron arrojados a la tristemente famosa “fosa de Jasenovac”).

Mi regreso, disfrutando de nuevo de la hospitalidad de Chema y Montse en Navalmoral, quise hacerlo visitando las ruinas islámicas de Vascos, que tenía en cartera desde los años 1970 (nunca es tarde si…), cuando supe de ellas por primera vez. Para lo cual tuve primero que atravesar la villa de El Puente del Arzobispo, en la orilla (derecha) cacereña del río Tajo, que la separa de la orilla toledana por un monumental puente, ¡qué hermosura!, de once ojos, construido hacia 1380; al que, realmente impresionado, busqué uno y otro enfoque desde ambas orillas para fotografiarlo a mi gusto, con resultados claramente satisfactorios.

Y, sin más, dirigí mis pasos hacia Vascos por Azután, recordando que en mayo de 1975 la entonces Hidroeléctrica Española pensó, sin llegar a solicitarla oficialmente -seguramente por el contundente rechazo con que la comarca de Talavera de la Reina respondió al anuncio- montar ahí una central nuclear cuyos reactores se refrigerarían con el agua del embalse de Azután, en el Tajo, en cuyas márgenes se ubica, precisamente, la ciudad de Vascos, aunque en el municipio de Navalmoralejo. Se llega a este emplazamiento por un camino de varios kilómetros entre encinas que pronto se hace impracticable para automóviles, situándose en una finca privada por lo que las visitas han de realizarse los sábados de 9 a 14, y nada más. Aquel sábado me encontré con cinco o seis personas que iban de vuelta (¡Qué bien me cae esa gente y qué cordial es el saludo al cruce, siempre con algunas palabras de información o de advertencia, que se lanza por caminos que a veces son vereda escueta y discontinua, al encuentro con las piedras antiguas, las claves humanas y los fantasmas de la historia!) El caso es que estuve solemnemente solo (no había guía alguno y los escasos visitantes ya habían desfilado, próxima la hora del cierre), de tal manera que pude corretear entre las ruinas y el extenso despliegue de murallas y ruinas cómo y cuánto quise.

Esta ciudad, llamada Vascos por vicisitudes toponímicas, estuvo habitada entre los siglos IX y XII, como enclave fuerte y protegido, de lo que da buena cuenta su recinto amurallado y su alcazaba, siendo importante durante el periodo califal y dominando el paso del Tajo, que es vadeable en sus proximidades, en lo que fue frontera duradera entre los reinos cristianos y el Califato. Y con la disgregación de los reinos taifas acabó por ser abandonada. Se construyó en un lugar extremadamente escabroso, entre los barrancos de los ríos Uso y Mora, ocupando unas 8 hectáreas amuralladas, con dos cementerios extramuros.
Diré a mis lectores que, para celebrar el final de tan denso y gozoso viaje, busqué dos pedruscos graníticos -cuidando de que no pertenecieran a ninguna de las tumbas islámicas entre las que me aposenté para refocilarme en mi augusta soledad– para incrustarme entre ellos y posar mi espalda y cabeza en un amable tronco de encina poco distinguido por su rugosidad natural. Y allí, sintiendo la brisa que susurraba y el aleteo lejano de buitres y alguna otra rapaz, me recompuse con un regio bocata de buey y pimiento, último obsequio de Chema y Montse, acompañándolo con suaves, moderados y precautorios tragos de aquel vino, Dulve Eva, de tan suave trasiego, procedente de la cooperativa de Los Santos de Maimona, obsequio de Diego y Aida. Y sintiendo que el mundo se allanaba ante mis placeres, quizás por modestos y proporcionados, y tras leves pero solícitos espasmos (léanse, ronquidos), saludé al silencio que me había amparado, me erguí reconfortado y púseme a deshacer el camino andado, muy pagado de mí mismo por el balance obtenido, rico en esos placeres intangibles que, como muchos otros viajeros, también tengo por los mejores.
















