23 de febrero de 1991: la multitud obrera que quiso salvar la URSS y que el relato dominante silenció

Cientos de miles de trabajadores y trabajadoras se movilizaron en Moscú contra la disolución de la Unión Soviética, en una protesta que el imaginario mediático occidental ha relegado a los márgenes de la memoria histórica.

Un 23 de febrero de 1991, en plena ofensiva política y económica que desembocaría en la desaparición de la Unión Soviética, la capital rusa fue escenario de una de las mayores movilizaciones populares de su etapa final. Aproximadamente 750.000 personas se concentraron en Moscú para exigir la preservación del Estado soviético y rechazar su desmantelamiento, en una demostración de fuerza social que cuestiona el relato simplificado de un colapso inevitable y ampliamente celebrado.

La protesta se produjo en un contexto de crisis institucional, reformas de mercado y crecientes tensiones entre el poder central y las repúblicas soviéticas, el llamado “desfile de soberanías”, que erosionó el marco político común y aceleró la desintegración estatal.

La movilización del 23 de febrero —coincidiendo con la histórica jornada de las Fuerzas Armadas soviéticas— expresó el temor de amplios sectores populares ante las consecuencias sociales de la restauración capitalista: desempleo, pérdida de derechos y privatización del patrimonio colectivo.

Semanas después, el 17 de marzo de 1991, el referéndum sobre la continuidad de la Unión arrojó una mayoría favorable a su preservación, con más del 76 % de votos afirmativos entre los participantes, lo que evidencia la existencia de una base social relevante partidaria de mantener el proyecto común soviético.

A pesar de la magnitud de la movilización, su presencia en el ecosistema mediático occidental fue escasa y fragmentaria, predominando narrativas centradas en la transición al capitalismo y en las élites políticas del proceso. Este desequilibrio informativo contribuyó a fijar una memoria pública en la que la resistencia popular a la disolución quedó desdibujada.

La historia posterior confirmó que la desaparición de la URSS no fue un acontecimiento lineal ni homogéneo, sino el resultado de un proceso acelerado de crisis política y económica que culminó en diciembre de 1991 tras meses de inestabilidad y confrontación institucional.

Treinta y cinco años después, la manifestación de Moscú del 23 de febrero de 1991 permanece como un recordatorio de que incluso en los momentos de derrumbe sistémico existen sujetos colectivos que resisten, disputan el sentido del cambio y defienden conquistas sociales amenazadas.

Recuperar estos episodios no implica nostalgia acrítica, sino comprender que la historia también está hecha de luchas invisibilizadas, de derrotas populares y de relatos que el poder decide amplificar o silenciar.

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Dominic D. Skerrett
Nací en Gales. Soy Técnico Superior de Artes Plásticas y Diseño, marxista-leninista, internacionalista y defensor de los derechos humanos, medioambientales y animales. Mi trayectoria personal y política nace de una convicción profunda: la realidad no se contempla, se transforma. Desde muy joven entendí que la justicia social, la liberación de los pueblos y la defensa de los seres más vulnerables —humanos o no humanos— forman parte de una misma lucha. A lo largo de mi vida he participado en movimientos sociales, colectivos y plataformas de denuncia que combaten la explotación, la opresión y el silencio impuesto por los poderes económicos. Mi compromiso con el anticapitalismo, el antifascismo y la causa animalista no es retórico: es una práctica cotidiana que atraviesa mi trabajo de comunicación, mi formación artística y mi militancia. Creo en la fuerza colectiva, en el internacionalismo como brújula ética y en la necesidad de señalar cada injusticia venga de donde venga. Las experiencias vividas en las calles, en los espacios de organización y junto a quienes luchan por un mundo distinto han moldeado mi forma de mirar, crear y escribir. Todo ello forma parte de lo que soy hoy: un militante que no renuncia a la palabra, a la creatividad ni a la dignidad frente a ningún poder.