EE. UU. se atribuye la operación militar en Venezuela y anuncia una tutela neocolonial del país

Washington exhibe una narrativa de fuerza absoluta, justifica una intervención armada con acusaciones de narcotráfico y abre la puerta a la apropiación de los recursos petroleros venezolanos

Fotografía del Presidente Estadounidense, Donald Trump, junto a los miembros de su¡ gabinete tras la rueda de Prensa ofrecida desde Palm Beach | La Casa Blanca
Fotografía del Presidente Estadounidense, Donald Trump, junto a los miembros de su¡ gabinete tras la rueda de Prensa ofrecida desde Palm Beach | La Casa Blanca

El Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha mantenido una rueda de prensa junto al Secretario de Guerra, Pete Hegseth, y el Jefe del Estado Mayor Conjunto, el General John Daniel “Dan” Caine, esta tarde, con un discurso de tono abiertamente belicista en el que se atribuye una supuesta operación militar “extraordinaria” en Caracas, presentada como una demostración histórica de su poderío militar y como un acto de “liberación” del pueblo venezolano.

En una comparecencia cargada de propaganda militar, el presidente estadounidense aseguró que las Fuerzas Armadas de su país habrían capturado al presidente venezolano Nicolás Maduro en una operación nocturna, ejecutada —según su relato— con dominio “total” del espacio aéreo, terrestre y marítimo, y sin bajas estadounidenses. Hasta el momento, estas afirmaciones no han sido verificadas por fuentes independientes ni por organismos internacionales.

El discurso reproduce un patrón ya conocido de la política exterior estadounidense: la criminalización del liderazgo de un país soberano, la equiparación del adversario político con el terrorismo y el narcotráfico, y la legitimación de la intervención armada bajo una retórica de seguridad y justicia. La acusación de “narcoterrorismo”, formulada desde tribunales estadounidenses, vuelve a utilizarse como instrumento político para justificar acciones extraterritoriales.

Más allá del plano militar, el anuncio contiene un elemento central de carácter económico y colonial. Washington afirma que “administrará” Venezuela durante un período de transición y que grandes compañías petroleras estadounidenses invertirán miles de millones de dólares para reconstruir la industria energética del país. En otras palabras, se plantea una tutela directa sobre un Estado soberano y la apertura explícita de sus recursos estratégicos al capital estadounidense.

El mensaje recupera sin ambages la Doctrina Monroe y proclama el hemisferio occidental como zona exclusiva de influencia de Estados Unidos, advirtiendo a otras potencias y reafirmando su voluntad de imponer el orden por la fuerza. La expresión “paz mediante la fuerza”, repetida por altos cargos militares, resume una concepción del mundo basada en la supremacía armada y la subordinación de los pueblos.

Organizaciones internacionales, movimientos sociales y gobiernos de la región y de los 5 continentes han denunciado en numerosas ocasiones que este tipo de narrativas sirven para normalizar golpes de Estado, bloqueos económicos y ocupaciones encubiertas, con consecuencias devastadoras para las poblaciones civiles. Venezuela lleva años sufriendo sanciones que han agravado la crisis social y económica, en un contexto de asfixia financiera impulsada desde Washington.

La comparecencia concluyó con amenazas veladas de nuevas operaciones militares y con la afirmación de que “todas las opciones siguen sobre la mesa”, confirmando que el uso de la fuerza continúa siendo el eje central de la política exterior estadounidense frente a América Latina.

Frente a la retórica de “liberación”, el discurso deja al descubierto una estrategia de dominación geopolítica, control de recursos y reafirmación imperial, en la que los derechos de los pueblos y el respeto al derecho internacional quedan relegados a un segundo plano.

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Dominic D. Skerrett
Nací en Gales. Soy Técnico Superior de Artes Plásticas y Diseño, marxista-leninista, internacionalista y defensor de los derechos humanos, medioambientales y animales. Mi trayectoria personal y política nace de una convicción profunda: la realidad no se contempla, se transforma. Desde muy joven entendí que la justicia social, la liberación de los pueblos y la defensa de los seres más vulnerables —humanos o no humanos— forman parte de una misma lucha. A lo largo de mi vida he participado en movimientos sociales, colectivos y plataformas de denuncia que combaten la explotación, la opresión y el silencio impuesto por los poderes económicos. Mi compromiso con el anticapitalismo, el antifascismo y la causa animalista no es retórico: es una práctica cotidiana que atraviesa mi trabajo de comunicación, mi formación artística y mi militancia. Creo en la fuerza colectiva, en el internacionalismo como brújula ética y en la necesidad de señalar cada injusticia venga de donde venga. Las experiencias vividas en las calles, en los espacios de organización y junto a quienes luchan por un mundo distinto han moldeado mi forma de mirar, crear y escribir. Todo ello forma parte de lo que soy hoy: un militante que no renuncia a la palabra, a la creatividad ni a la dignidad frente a ningún poder.