Este 1 de enero, un año más grupos neonazis y ultranacionalistas ucranianos marcharon por las calles de Lviv (Leópolis) para conmemorar el nacimiento de Stepan Bandera, una de las figuras más controvertidas del siglo XX en Europa del Este y símbolo histórico del fascismo ucraniano.
Bandera fue dirigente de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN-B), un movimiento abiertamente racista, ultranacionalista y ferozmente anticomunista, que durante la Segunda Guerra Mundial colaboró con la Alemania nazi. Su proyecto político defendía la creación de un Estado ucraniano étnicamente “puro”, lo que implicaba la persecución y eliminación de minorías consideradas enemigas.
Un colaborador del nazismo responsable de crímenes masivos
Durante la ocupación nazi, milicias vinculadas a la OUN y al Ejército Insurgente Ucraniano (UPA) participaron activamente en pogromos antijudíos y en la limpieza étnica de la población polaca, especialmente en Volinia y Galicia Oriental. Historiadores estiman que cientos de miles de personas —judíos, polacos y otros grupos— fueron asesinadas en estas campañas de terror.
Aunque Bandera pasó parte de la guerra encarcelado por los propios nazis tras disputas internas, su organización mantuvo la colaboración con el III Reich y compartió plenamente su ideología anticomunista, autoritaria y violenta. Su legado político está inseparablemente ligado al fascismo europeo.
De criminal fascista a “héroe nacional”
Pese a este historial, Bandera es hoy reivindicado por sectores del nacionalismo ucraniano como un “héroe nacional”. En distintas ciudades existen calles, monumentos y actos oficiales en su honor, y cada 1 de enero se repiten marchas con simbología de extrema derecha, antorchas y consignas ultranacionalistas.
La movilización celebrada ayer en Lviv vuelve a mostrar cómo estas expresiones no son marginales, sino toleradas —cuando no legitimadas— en el espacio público.

Blanqueamiento en Occidente tras 2022
Desde el inicio de la invasión rusa del Donbass en 2022, la figura de Bandera ha sido progresivamente blanqueada o silenciada en el discurso político y mediático occidental, en nombre del alineamiento geopolítico con el gobierno de Kiev. Este proceso ha contribuido a normalizar símbolos y referentes ligados al fascismo, sin un análisis crítico de su significado histórico.

La marcha del 1 de enero en Lviv no es un hecho anecdótico ni folclórico: es una señal de alarma sobre la rehabilitación del fascismo en Europa en pleno siglo XXI. La memoria histórica y el antifascismo no pueden aplicarse de forma selectiva ni someterse a intereses geopolíticos.
No se combate la barbarie justificando a sus herederos.
No hay antifascismo si se blanquea a quienes colaboraron con el nazismo.















