La Super Bowl 2026, celebrada el pasado 8 de febrero, no solo batió récords de audiencia y facturación publicitaria: también dejó una huella climática escandalosa. La masiva concentración de jets privados en torno al evento generó más de mil toneladas de CO₂ en apenas unos días, según estimaciones independientes. Una cifra que retrata con crudeza el doble rasero ambiental que impera bajo el capitalismo contemporáneo.
Mientras a la clase trabajadora se le exige reducir su consumo, reciclar, pagar impuestos “verdes” y asumir el encarecimiento energético, una minoría multimillonaria despliega un modelo de vida basado en el lujo fósil y la impunidad climática. Cada jet privado utilizado para asistir al espectáculo deportivo emite en pocas horas lo que una persona trabajadora puede generar en años.
La Super Bowl, convertida en epicentro del consumo masivo y la ostentación corporativa, funciona así como escaparate de un sistema económico estructuralmente incompatible con la sostenibilidad ecológica. No se trata de elecciones individuales aisladas, sino de una lógica de acumulación que concentra riqueza obscena y externaliza los costes ambientales sobre el conjunto de la población y las generaciones futuras.
El 1% más rico del planeta es responsable de una proporción desmesurada de las emisiones globales. Sin embargo, las políticas climáticas dominantes siguen evitando señalar a los grandes responsables estructurales: fondos de inversión, corporaciones energéticas, magnates tecnológicos y élites financieras que privatizan beneficios mientras socializan las catástrofes.
La crisis climática no es un fenómeno natural inevitable; es el resultado directo del modelo productivo capitalista basado en la maximización del beneficio y el consumo sin límites. La proliferación de vuelos privados hacia la Super Bowl simboliza esa lógica depredadora: un planeta al borde del colapso convertido en patio de recreo de los multimillonarios.
Frente a este escenario, la justicia climática exige medidas estructurales: prohibición efectiva de vuelos privados de lujo, fiscalidad radical sobre emisiones de grandes fortunas, planificación pública de la transición ecológica y democratización de los sectores estratégicos. Sin cuestionar la raíz del problema —la acumulación capitalista sin control— cualquier discurso verde quedará reducido a marketing corporativo.
El planeta no puede permitirse más “Super Bowls” del capital. La transición ecológica será popular y socialmente democrática, o no será.
















